Inteligentes, cultas y empoderadas…


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Hasta hace muy poco las mujeres hemos desempeñado un papel secundario en la gran aventura de la Historia. Fuimos relegada a los segundos planos e incluso a desempeñar papeles meramente decorativos, como figurantes. Pero basta adentrarse en la biografía de cualquier varón relevante e incluso de algunos Reyes, para descubrir entre sus allegados a una mujer inteligente moviendo hilos invisibles desde la sombra o poniendo en práctica sutiles estrategias que acabaron moviendo o cambiando voluntades. Que nadie se equivoque. No uso las palabras astucia e inteligencia como eufemismos de sexo al servicio de las ambiciones personales. Ni mucho menos. Me refiero a mujeres con capacidad de mediar e intervenir, formadas, respetadas y reconocidas por algunos Monarcas, a quienes por su valía personal confiaron secretos de estados y solicitaron sus sabios consejos. Felipe IV mantuvo durante años correspondencia con Sor Mª de Agreda, amiga y confidente. La monja concepcionista fue considerada, a ojos de la Corte, la ‘consejera del Rey’. Otro ejemplo podría ser Anne-Marie de la Trémoille, Princesa de los Ursinos. Instalada en la Corte de Felipe V de Borbón, después de un largo periplo por otras cortes europeas, tuvo una destacada proyección política-cortesana cuando en 1702, tras la marcha de Rey a Italia (Guerra de Sucesión), María Luisa Gabriela de Saboya, su esposa, tomó la riendas del gobierno, lo que hizo siendo aconsejada ‘oficiosamente’ por su camarera mayor, la Princesa de los Ursinos…Del mismo modo Madame de Pompadour, amante y también asesora de Luis XVI, hizo lo propio en la corte de Versalles… Son algunos ejemplos de mujeres inteligentes, cultas y empoderadas.

Claro que moverse por el entorno del Rey no estaba al alcance de cualquiera (como ahora). El Renacimiento marcó un punto de inflexión cuando en el siglo XVI, Isabel del Este, marquesa de Mantua y su cuñada Elisabetta Gonzaga, duquesa de Urbinos (no confundir con la Princesa de los Ursinos), promovieron la idea de que las damas cortesanas debían ser cultas. La de los Urbinos inspiró a Baltasar de Castiglione, autor de El Cortesano, aconsejando a las damas no arredrarse ante ninguna conversación además de proponer usos y costumbres que acabaron imponiéndose en las cortes europeas. En fin, de lo dicho (aunque quedaría muchísimo más por decir) se desprende que la cultura es la llave que permite acceder a determinados espacios, ámbitos o esferas, entre ellas, las del poder en cualquiera de sus formas, aunque en tiempos pasados dicho acceso sólo fuera posible mediante el matrimonio o el convento. Y es aquí donde enlazo con el post anterior para explicar qué fue la ‘Soberana Asamblea de la Casa del Placer’ de Lisboa.

El siglo XVII, conocido por su esplendor cultural como el Siglo de Oro, fue también un siglo de decadencia política, económica, social… España se vio asolada por diferentes brotes de peste, seguidas de hambrunas sobrevenidas a consecuencia de una prolongada sequía además de la intervención en la Guerra de los Treinta Años y las sublevaciones de Portugal y Cataluña todo lo cual trajo consigo una gran disminución de población… (Sirva este ejemplo como reflexión frente a nuestra actual pandemia). Aún así despertó en determinados sectores de la sociedad un gran deseo de saber y una gran inquietud por el conocimiento que alcanzará su punto álgido en el siglo siguiente con la Ilustración. Un afán de conocimiento que, como dije anteriormente, había cuajado entre las mujeres (nobles, claro) que comenzaron a promover tertulias y reuniones literarias (conocidos como Salones literarios franceses) denominadas ‘Academias’, muchas de ellas auspiciadas por Infantas y Reinas. Pues bien, eso fue la Soberana Asamblea de la Casa del Placer, una Academia literaria promocionada por monjas de diferentes conventos lisboetas (y la participación de algunas aristócratas) entre quienes destacaron Sor Maria do Céu y Sor Feliciana de Milão, ambas reconocidas autoras portuguesas del siglo XVII relacionadas íntimamente con la corte. Estas monjas conocieron la obra de Sor Juana Inés, “Inundación castálida”, publicada en España bajo mecenazgo de la Condesa de Paredes, a quien acudieron para solicitar su mediación a fin de que la escritora novohispana compusiera una obra para ser leída en la Asamblea. Fue así como surgió la composición de los Enigmas. El resto fue idea de Sor Juana. Cada redondilla o adivinanza refiere y desgrana, con palabras veladas, una experiencia amorosa experimentada en este caso por sor Juana Inés con la Condesa, esperiencia revivida una y otra vez en cada lectura por las monjas y las “matrocinadoras” (término utilizado por la Historiadora Milagros Rivera) que formaron parte de la Soberana Asamblea de La Casa del Placer, el ‘placer’ de disfrutar de la lectura, de la palabra escrita por otra mujer sabia, erudita y enamorada, inspirado en un amor doblemente prohibido (por ser monja la una y casada la otra), silenciado y vivido en la ausencia y la distancia. “La publicación de los Enigmas no circuló entre los eruditos porque no nació para ellos sino para el disfrute, la inspiración, la risa y la inteligencia de Amor femeninas, que convierten a los Enigmas en una obra altamente irreverente, ya en su forma, con la Iglesia y el Estado” (M.R.)

En su momento, el libro se publicó en una edición privada a principios de 1695, en el “Impresor de la Majestuosa Veneración, a costa de un lícito entretenimiento”. En el estudio de Milagros Rivera sobre los Enigmas de Sor Juana Inés (enlace reseña), la autora afirma: “Es un libro que se ríe de todo narcisismo masculino, en su contenido y en su forma. Dos de las monjas portuguesas hicieron en prosa las Censuras del contenido del libro, autorizando su publicación como si fueran jueces eclesiásticos, y otras tres redactaron en verso las Licencias de impresión, una por lo que toca a la fe, otra por lo que pertenece a las buenas costumbres, y otra por lo que compete a la jurisdicción real…”

Finalmente solo añadir que los Enigmas forman parte de la conocida Querella de las mujeres, un gran movimiento político que promovió el debate sobre el valor de las mujeres y lo femenino, desarrollado en las cortes europeas y del Nuevo Mundo, desde finales del siglo XVIII hasta la Revolución francesa, aunque muchas mujeres consideren que continúa en la actualidad…

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