Tradiciones y ritos en torno a la vida y la muerte…


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La cultura en torno a la muerte existe desde tiempos remotos. Nuestros ancestros, aquellos cavernícolas más parecidos a los simios que a los humanos, enterraban a sus muertos  elaborando rituales para homenajearlos. Aunque no comprendieran el acto mismo de morir, respetaban a sus difuntos salvaguardando su honor, rindiéndoles reconocimiento mediante ceremonias que adoptaron diferentes formas según cultura y civilización, variando también el tipo de enterramiento: incineración, entierro e incluso dejando el cadáver a expensas de la naturaleza …El misterio de la vida que culmina con la muerte, necesitaba ser explicado y asumido por aquellas mentes humanas y mortales. Así nacieron diferentes narraciones espirituales y religiosas conservadas  hasta nuestros días.

En el marco del cristianismo el poder y el crédito de la Iglesia católica a lo largo de la historia se perciben en la actualidad. Su influencia ha permeado nuestro lenguaje, nuestras frases coloquiales, nuestros dichos y refranes. Creyentes o no, la transmisión oral y la pedagogía social acabó contaminando los usos de la lengua con multitud de expresiones. Por eso se dice ¡Jesús! cuando alguien estornuda, se añade la coletilla ‘si dios quiere’ cuando planeamos algo o nos despedimos ‘hasta mañana’ o nos lamentamos diciendo ¡vaya por dios…! La cuestión fue recordar constantemente que nuestras frágiles vidas penden de un hilo que puede quebrarse en cualquier momento porque todo depende de la voluntad divina…Sí. La Iglesia, como institución, se apoderó de nuestras conciencias a través de diferentes fórmulas impuestas desde su posición de poder, incluso echando mano del miedo, manipulando a través de un discurso basado en la dicotomía condenación-salvación, aunque la experiencia demuestre que en vida es posible ‘sentirnos en la gloria’, padecer ‘un auténtico calvario’ o sufrir un ‘verdadero infierno…’

Hasta tal punto fue influyente que incluso se impuso el calendario litúrgico que rigió los principales actos constitutivos de la vida. Por ejemplo, la mayoría de las bodas se celebraban antes o después de la cosecha o la vendimia, especialmente en mayo – mes mariano por excelencia, conocido como el ‘mes de las flores’- Los arrendamientos de casas y tierras estipulaban los cobros por San Juan o San Miguel. Los gremios y cofradías se fundaban bajo la advocación de Vírgenes, Santos y Santas que pasaron a ser considerados sus ‘patronos’ . A saber: la Virgen del Carmen patrona de los marineros; San José de Calasanz de los maestros; santa Cecilia de los músicos; los santos Cosme y Damián de los médicos o san Cristóbal de los conductores… La Iglesia impregnó  la vida cotidiana ligándose a ella a través de ritos transversales a cualquier trayectoria vital. Rituales de paso que comienzan con el nacimiento y acaban con la muerte, con parada previa en la toma de estado (matrimonio o vida religiosa, ahora podríamos añadir la soltería. Hasta hace poco a los solteros se les denominaba despectivamente ‘solterones’). Acontecimientos a los que el tiempo añadió un toque lúdico-social: los convites, comilonas o ágapes en honor del evento…Y aún hay más. Incluso las campanas que culminaban las torres de las iglesias adoptaron un lenguaje propio puesto a su servicio de manera que, en lugares, villas y ciudades, la vida se ordenaba al son de sus toques, cada uno de los cuales marcaba el ritmo de las actividades que se interrumpían cuando llamaban a misa, al ‘ángelus’, a muertos…

En el marco del mencionado ‘calendario litúrgico’, hace siglos que el 1 de noviembre se estableció como día de Todos los Santos para las iglesias católicas de rito latino, día que tiene su correlato en la Iglesia ortodoxa (el primer domingo de Pentecostés) y las católicas de rito bizantino. En el siglo VIII, el papa Gregorio III, consagró una capilla en la Basílica de San Pedro y fijó el aniversario para esta fecha a fin de recordar que todos los cristianos están llamados a la ‘santidad’. En este día se evoca a quienes ya pasaron por el ‘purgatorio’ celebrando que  permanezcan eternamente ante la presencia de Dios. No obstante no debe confundirse con el de los difuntos que se conmemora al día siguiente, o sea mañana 2 de noviembre…La Iglesia marcó así distancia entre quienes ya se purificaron y quienes aún transitan por ese estado intermedio de camino al ‘cielo’. En honor de todos los fallecidos los cementerios se visitan y se limpian, encalan y adornan con flores las tumbas y sepulturas de los seres queridos, una costumbre que exportamos a los territorios hermanos de América donde adoptaron peculiaridades propias.

En mi tierra (recuerdo que soy pensadora y ‘gaditana’) se celebra en la víspera de este día Los Tosantos, una tradición que se remonta al siglo XIX ideada por quienes vivían de las ventas en los puestos del mercado que vieron con buenos ojos aprovechar la festividad pues, al tener que cerrar por feria, los vecinos compraban más de lo habitual. Así fue como en el año 1876 el Ayuntamiento aprobó la iniciativa de abrir el mercado la tarde-noche anterior a la festividad, adornando los puestos, el entorno e incluso animando el ambiente con un baile. Posteriormente se añadió la convocatoria de un concurso que premiaba la originalidad de los tenderos decorando sus puestos. Una costumbre arraigada que cuajó en esta tierra sureña.

A lo largo y ancho se nuestra geografía se han conservado diferentes tradiciones cuya génesis se remontan a la cultura celta. En el noroeste peninsular se celebra el Magosto o ‘Fiesta de la castaña’, todavía  vigente, a fin de reunir a la familia para recordar a sus difuntos. Otra alternativa es la del País Vasco que festeja el Gaztainerre, en la que se degustan castañas al igual que la Castanyada en la que además de castañas se disfrutan los panellets y la malvasía. Finalmente desde hace ya unos años en España, niños y jóvenes, festejan Halloween la noche del 31 de octubre. La fiesta de origen anglosajón se nos coló por la puerta de atrás y va cobrando pujanza tal vez por la alternativa que supone a locales de fiesta además de la predisposición de los jóvenes a la diversión salir a la calle disfrazado e ir de casa en casa, intercambiando ‘truco o trato’ por golosinas…

En fin esta festividad que forma parte de la cultura y la religiosidad popular llegó también hasta nuestras cocinas y, aunque tradicionalmente se comían los frutos de la tierra propios de esta época del año, al alcance de las mesas populares y humildes, poco a poco las despensas se fueron llenando con dulces y otras exquisiteces elaboradas ex profeso para ser degustadas en estas fechas. Antaño, después de los rezos, los vendedores ambulantes paseaban por el entorno de las iglesias ofreciendo boniatos, castañas o buñuelos, a precios asequibles a todos los públicos. Con el tiempo las confiterías comenzaron a elaborar productos más caros, bocata de cardinali, no aptos para glucémicos y diabéticos. Algunos de estos dulces típicos son: huesos de santos, buñuelos, pestiños, dulce de membrillo, rosquillas o flores fritas… Puede que de aquí provenga el refrán: ‘los duelos con pan son menos…’ La experiencia personal me dice que, desgraciadamente, esta vez el refranero no tiene razón…

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