‘Sabandijas’: Gentes de placer en la corte de los Austria…


Sabandija: 1.- Animalito pequeño. Bicho. 2.- Se aplica a una persona despreciable física o moralmente.

Diccionario María Moliner. Edición abreviada por la Editorial Gredos. Madrid, 2000
Los ‘otros…’

Durante los siglos XVI y XVII Europa desarrolló el gusto y la afición por lo inaudito y por los fenómenos extraños gusto que, por lo novedoso, se puso de moda en algunas Cortes, como sucedió en España bajo el gobierno de los Austria…Enanos, mujeres barbudas, locos, negros, obesos, todo aquel a quien la naturaleza hubiera jugado una mala pasada deformando una parte visible de su cuerpo o su mente, podía hacerse hueco en la Corte donde, con suerte, se sumaba a la denominada ‘gente de placer’ o lo que es lo mismo, de las ‘sabandijas de palacio’.

Los bufones se popularizaron durante la Edad Media y el Renacimiento europeo. Todos pensamos en ellos vestidos de colores y con su sombreros distintivos: una gorra con campanas en cresta de gallo, hecho de tela con tres puntos flojos y con una campanita de tintineo al final. Otros elementos distintivos eran su risa sardónica y su cetro fingido o bastón.

La ‘gente de placer’ se dedicaba a entretener de la mañana a la noche de manera y particular a la familia real, además de hacer reír a los cortesanos provocando burlas y mofas incluso entre ellos. Todo buen sabandija que se preciara primero de todo debía poseer algún rasgo inusual, alguna deformación o anormalidad que contrastara con los demás, que nadie poseyera. Y no solo una anomalía física pues también tuvieron gran éxito los ‘locos y decidores’, los repentistas, ingeniosos e improvisadores como fueron Atilano de Prada y Cristóbal Martínez, ambos al servicio de Felipe IV. Gente ocurrente, capaz de hacer chistes rápidos y sacar puntada a todo… Personas con habilidades especiales que debían ser muy torpes o muy ágiles y graciosos. El humor era la base de su trabajo: acciones, bromas, imitaciones… Su función era el entretenimiento y la diversión de los poderosos a cuyo servicio estaban. Era importante que tuvieran una cierta capacidad para ‘actuar’ e incluso para ejercer de consejeros y críticos. Algunos bufones y enanos famosos aparecen mencionados en las obras de Quevedo, Góngora o Lope, otros inmortalizados por algunos pintores de cámara como Velázquez

Aunque bufón y sabiduría parecen antitéticos, en esta época existía la noción del “tonto sabio”, seres especiales tocados por la por la varita divina, a quienes Dios había otorgado el regalo de la locura infantil (o quien sabe si de una maldición). El caso es que estos hombre y mujeres mentalmente discapacitadas, en ocasiones, encontraron brincando y haciendo malabares un medio de vida. En el mundo áspero de la Europa medieval, gente que no era capaz de sobrevivir encontró en este menester un lugar social…

La caterva de sabandijas fue conocida con numerosos nombres, con frecuencia, de animales: liendres, pulgas, ranas, moscas, micos…Y motes: Juan Calabacillas, Soplillo, Bonamí, Isabelica la Chova, Juan Jayán, Antoncico (un gigante éste), Sarmentico, Perequín, Periquillo, Perote, Velasquillo…etc…

La trupe, que pululaba a sus anchas por el palacio, tenía como única misión entretener, entretener y entretener, sobre todo a los reyes, a los infantes e infantas de la vida tediosa, monótona y encorsetada en el estricto protocolo borgoñón, del que hablaré más adelante. Sus servicios se contrataban generalmente por un año llegando a tener una nómina de hasta cien, según consta en la documentación conservada en los archivos. Curiosamente y a pesar de ser tratados como juguetes, la mayoría se sentía dichoso en la corte pues eso le permitía comer, vestir y dormir a cubierto además de percibir unos emolumentos nada despreciables con los que mantenerse si quedaban en ‘paro…’

Pero no nos engañemos. El tropel de bufones, enanos y gente de placer en general que logró posicionarse cerca del rey obtuvo una capacidad de mediación e influencia para nada despreciable. Algunos eran utilizados como mensajeros, correveidiles o espías, ojos y oídos del mejor postor, personajes a quienes nadie querría tener por enemigo. Truhanes de medio pelo, algunos alcanzaron una acomodada posición y ciertas ganancias como fue el caso de Rabelo de Fonseca quien donó a su segunda esposa dos mil ducados para su dote. Otros, en cambio cayeron en la pobreza más absoluta como le ocurrió a Pablos de Valladolid.

En tiempos de Felipe IV sumaron unos veintitantos. En aquel entonces el maestro Velázquez comenzaba a pintar Las Meninas, cuadro en el que figuran dos de los enanos, Mari Bárbola que aparece retratada junto a una menina y Nicolasito Pertusano, un niño con melena que posa junto a su perro Sansón…Por cierto que este último llegó a palacio de la mano de la reina doña Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV, quien de inmediato le encomendó la misión de ser ‘sus ojos y oídos’.

En fin, todos estos personajes amenizaron la vida palaciega, las reuniones, las fiestas con sus espectáculos…Aunque la diversión tenía un límite pues si alguno se pasaba con el Rey podía costarle el destierro. No obstante en general fueron tan favorecidos como temidos. Es evidente que algunos abusaron de sus puestos de confianza porque al ejercer de mensajeros y espías conocían bien los entresijos de los reyes y de la corte en general y con sus “ditirambos y críticas” podían influir bastante en la opinión pública.

Historiadores y estudiosos han llegado a considerar que el papel de estos personajes en el contexto de la corte influyó a realzar la imagen física de algunos miembros de la familia real minimizando su fealdad o suavizando algunos rasgos definitorios fruto de la fuerte endogamia, verbigracia la prominente ‘quijada’ característica de los Austria: “Mirando los retratos de Felipe IV con Soplillo, y de Isabel Clara Eugenia con la enana Magdalena Ruíz, surge la sospecha de que los enanos gustasen a las personas reales por el realce que prestaban a su figura”


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