De los ‘baños de ola’ al veraneo junto al mar…


Mucho han cambiado las cosas desde que a mediados del XIX se pusieran de moda los ‘baños de ola’.Por aquel tiempo pasar quince días en la playa era un lujo al alcance de unos pocos adinerados achacados con alguna dolencia…
Fotografía Internet

Algún que otro fiel seguidor me pregunta por la próxima entrada. Reconozco que yo también echo de menos sentarme a escribir aunque estos días me dedico sobre todo a ejercer de madre y pronto también de abuela…Et…¡voila! Confío que os resulte interesante…

En la actualidad ir a la playa a bañarse en verano es algo tan natural como cotidiano. Desde pequeños nos  han acostumbrado a ir a la playa con más o menos frecuencia. En el imaginario popular está fuertemente instalada y naturalizada la dicotomía playa-verano. No obstante, cada vez con más frecuencia, sobre todo en las ciudades costeras, las autoridades locales han intentado amortizar este recurso natural construyendo paseos marítimos, bares, restaurantes, centros de formación en actividades náuticas (vela, surf, padel-surf, kayak…etc…) y han proliferado todo tipo de establecimientos para disfrute de vecinos y foráneos durante todo el año. Ahora, en estos tiempos que corren, las playas locales han constituido un gran desahogo durante la pandemia, al considerarse un lugar más seguro para pasear al aire libre, manteniendo las distancias aconsejadas. Pero ¿de dónde proviene la costumbre de bañarse en la playa?

Fue a mediados del siglo XIX cuando determinadas corrientes científicas llegadas desde Inglaterra y Francia, comenzaron a difundir los beneficios  del agua del mar. Como sabemos, la covid es una más de las pandemias habidas en la historia de la humanidad. Justamente a mediados del XIX se superaba una oleada de cólera que afectó a Europa, cuyo tratamiento comenzó a contemplar los ‘baños de ola’ como parte de la recuperación por sus efectos terapéuticos. Además, algunos médicos empezaron a aconsejar unos sencillos ejercicios para combatir el asma, el reuma o la depresión, mediante escuetas instrucciones que debían seguirse a rajatablas…Y así fue como el mar comenzó a formar parte de la convalecencia y llegaron los primeros veraneantes hasta el litoral cantábrico para mejorar la salud y disfrutar del beneficio de sus aguas…Hasta entonces el mar no era sino un espacio más en el marco paisajístico de los pueblos y ciudades que, con las nuevas terapias, caló como lugar de esparcimiento, diversión y sociabilidad al calor de las nuevas ideas aportadas por la comunudad científica, ideas que, por cierto, no fueton vistas con buenos ojos por los profesionales más tradicionales e inmovilistas.

Tal y como imaginamos, estos nuevos  tratamientos solo estaban al alcance de la burguesía y la aristocracia y, como no, de la realeza. Grupos sociales acomodados que, enfermos o no, iniciaron la tradición de trasladarse en verano hasta las costas, sobre todo cántabras, para disfrutar los ‘baños de olas’ al tiempo que participaban de las fiestas locales populares y propias de la estación estival cuya convocatoria se mantiene vigente en la actualidad. Personalidades como la reina Isabel II – a quien se considera pionera y la que puso de moda a la capital cántabra- o Victoria Eugenia, esposa del rey Alfonso XIII, colaboraron a difundir la bondad de dichos baños en la ciudad de Santander a la que se desplazaron durante años.

A fin de instruir y popularizar los baños, salieron a la luz algunas guías, entre otras la publicada en 1877 en Barcelona por el DR. A. Bataller y Contasi titulada Guía del bañista o reglas para tomar con provecho los baños de mar, en la que podía leerse: “Nunca debe tomarse baño alguno, ni frío ni caliente, que no haya pasado tres horas desde la última comida. Los niños pueden hacerlo después de dos, porque digieren con más rapidez. Accidentes gravísimos son las consecuencias de la transgresión de este precepto.” Así es. De aquí viene la costumbre de las madres de mi generación, que nos obligaban a guardar tres aburridísimas horas de digestión, comieras lo que comieras, antes de volver al agua. La advertencia solía venir acompañada de una amenaza terrible que sucedería en caso de no obedecer…

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Otra advertencia del célebre Doctor decía: “Tampoco debe tomarse el baño en ayunas, si no quiere el bañista exponerse a un síncope y a una reacción difícil, incompleta o nula. Si ha de bañarse muy de mañana, a fin de no tener que desayunarse tres horas antes, lo mejor que puede hacer es tomar en lugar de alimentos sólidos una taza grande de caldo, pues está probado que se puede entrar en el baño sin peligro después de media hora de haberlo bebido”.

Y es que los bañistas de aquel tiempo seguían al pie de la letra las instrucciones dadas bajo prescripción médica sobre los baños: los intervalos que debían guardar, el número de olas y posturas en las que debían recibirse, diferentes en función de la dolencia o padecimiento. Igualmente existía todo un listado de precauciones a tener en cuenta: no entrar al agua sudando, utilizar “tela ligera, de lana, y compuesto de dos partes: pantalón y blusa “ (último grito durante el siglo XIX).

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Respecto a las instalaciones, como la mayoría no sabía nadar y tenía mucho miedo, se colocaban cuerdas o maromas desde la orilla hasta dentro del agua para que pudieran agarrarse y, como no, se contrataron numerosos ‘maromos’ –voz asumida en por la RAE que significa ‘novio o amante masculino’- dispuestos a ayudar a los bañistas… Así mismo, se instalaban carpas y después casetas en las que los usuarios de cambiaban de ropa antes y después del baño. Aquí, en España, las ciudades con mayor tradición de los baños son Santander (Playa del Sardinero) y San Sebastián (Playa de la Concha), aunque poco a poco se extendieron por los numerosos balnearios de toda Europa, al paraguas de las nuevas corrientes que lo aconsejaban para fortalecer los huesos y revitalizar el ánimo.

Las autoridades de Madrid, siempre dispuestas a apuntarse un tanto, el 17 de julio de 1846 lo anunciaron en “La Gaceta”, una propaganda que logró con mucho éxito atraer hasta el norte a veraneantes de la ciudad, considerando los beneficios que reportaban.

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Tomás Ibarrondo, médico titular de la Villa de Colindres (Cantabria), en el año 1878 animaba a todos a bañarse: «Tributarios Madrileños, Vallisoletanos, Burgaleses, etc… ¡Venid! Los que necesitáis equilibrar y restituir la vitalidad gastada en la población; en esos focos de inteligencia social ¡llegad! Jóvenes anémicas a recuperar vuestra sangre. Temperamentos linfáticos y nerviosos; niños débiles y enclenques, acercaos a vivir en las condiciones que os reporten el provecho salutífero que os precisa. Hombres de bufete: pasad aquí veinte días de esparcimiento y descanso, que sólo ello bastan a contrabalancear los efectos de la vida sedentaria con su agitada monotonía. Madres de familia; todas tan amantes que sois de vuestros hijos, traerlos a respirar este aire por treinta días, enfermos, valetudinarios, con ánimo, un poco de discreción y cautela, hallareis en este recinto la salud que demandáis. Vos Touristas, los que venís a buscar las impresiones de la moda para matar el tiempo, aquí se os espera. Médicos: mandad sin miedo a vuestros enfermos a este rinconcito que les proporciona agua que los regenera, alimentos que los entonan y atmósfera que los vivifica….»

En fin, mucho han cambiado las cosas desde entonces…Para quienes vivimos en la costa el mar es un referente natural del que no sabemos ni queremos prescindir. Y el mar nos sigue curando y sanando…Algunas heridas física mejoran y cicatrizan con la sal. Los músculos y huesos se fortalecen a base de caminar por la orilla. Muchas heridas del alma sanan tras pasar algún tiempo con la mirada en el horizonte, mientras nos embriaga su aroma y nos arrulla el sonido de las olas que, una a una, se van llevando nuestras tormentas para ponerlas a buen recaudo… El mar de todos…De los poetas, de los enamorados, de los que sufren, de los que son felices, de los vivos y también el descanso de nuestros muertos: “Si muero que me dejen a solas….El mar es mi jardín…”(José Hierro).

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