Para que nada siga igual…


vivimos tiempos de cambio. Parece que esta vez la idea puede ser ‘cambiar algo para que todo cambie’, en contra de la célebre y contradictoria expresión gatopardiana: ‘cambiar algo para que todo siga igual…’.
Fotografía: mp_dc

El mundo, la sociedad y nosotros con ella están –estamos- en  cambio permanente. Esta realidad, a pesar y por encima de  las miradas nostálgicas y retroactivas que pretenden imponer soslayadamente una vuelta al pasado, comienza a protagonizar determinadas modificaciones orquestadas desde las altas esferas de Europa, con el fin de impulsar nuevas leyes y normativas acordes con las mentalidades y estilos de vida propios de nuestra sociedad actual. Para empezar tenemos la certeza de vivir en un planeta que sufre continuas agresiones, que padece escasez de recursos, que urge descubrir nuevas fuentes de energía libres de contaminación…Se persigue un cierto equilibrio. Una relación más amable con el entorno que nos rodea incorporando a nuestra cotidianeidad nuevas maneras de interactuar con la naturaleza aceptando que, aunque seamos la única especie que posee conciencia, el resto de seres vivos son ‘sintientes’ tanto en cuanto no son objetos o cosas, condición que hasta ahora se les reconocía. (Una idea que subyace desde hace siglos en el pensamiento budista, respetuoso con el reino animal y con la naturaleza en general). Por eso, aquí en España, recientemente el Senado acordó poner en marcha una nueva Ley de Protección Animal mediante la cual  nuestras mascotas pierden la consideración de ‘bienes muebles’ para ser elevadas a la categoría a la que pertenecen: ‘seres sintientes’, dotados de sensibilidad, que merecen un trato digno y responsable. Hay consenso para reformar el Código Civil a fin de condenar el maltrato y el abandono. Por una vez la iniciativa saldrá adelante sin peleas ni confrontación entre los diferentes partidos…

Si la intención fuera introducir una cierta perspectiva humanista como enfoque de vida, el resultado sería una sociedad más ecuánime, equitativa y justa. Tal vez demasiado generoso para ser verdad…

También desde Europa y, en su caso, desde España, se lanza un llamamiento a la reflexión por boca de sus gobernantes. Resulta que los españoles tiramos a la basura 7.7 toneladas de comida, una media de 31 kilos de alimentos por persona, lo que sucede al tiempo que las colas del hambre se alargan más y más cada día. Desmesura, derroche, desconsideración… De ahí que el gobierno haya presentado un anteproyecto de ley que trae a la palestra este debate poniendo estos datos sobre la mesa para nuestra vergüenza, a fin de concienciar a la ciudadanía subrayando que reducir el “desperdicio alimentario” debe ser un «objetivo ético para el conjunto de la sociedad».

Pronto se generalizará la costumbre de llevarse el correspondiente tupper con la comida pagada y no consumida de bares y restaurantes, costumbre que en algunos lugares ya se practica con total naturalidad…

De fondo, algunos sectores sociales liderados por la derecha, desde el centro a su extremo, hurgan en el pasado para rescatar viejas hazañas y despertar viejas glorias que insertan en sus idearios. Y buceando en la historia parece que desean apoderarse del día de la Hispanidad, del hito del descubrimiento del Nuevo Mundo, lanzando miradas obsoletas y anacrónicas a la par que algunos profanos osan verter nuevas teorías de ‘liberación’ que exaltan la figura de los conquistadores a quienes los herederos de los conquistados deberían estar agradecidos -aún- por el legado recibido: la civilización, la cultura, la lengua, la religión…¿Gratitud? ¿Respeto?

El caso es que hablar de colonización parece que se pone de moda. El término que, dicho sea de paso, no recoge el Diccionario de Autoridades (1726-1739), el primer Diccionario de la Lengua Castellana- desde sus orígenes ha sido utilizado para describir determinados procesos históricos que hacen referencia  a la ‘ocupación de un territorio’ por parte de un Estado para su explotación  y dominio político, económico y administrativo. La RAE ha sido poco generosa con este vocablo aportando una visión demasiado explícita y reduccionista a una palabra un tanto versátil, diría yo, cuyo significado se ha ido adaptando en la medida que se ha extrapolado a otras disciplinas colindantes a la historia, a la sociología y a otras que comparten el marco de las Ciencias Sociales. Así, por ejemplo, la ‘biogeografía’ del siglo XIX extendió su uso para describir la relación de los seres vivos  con su ambiente. El feminismo por su parte adoptó dicho término para defender el cuerpo femenino, tan frecuentemente usado con fines colonizadores por quienes pretenden apropiarse de su uso y disfrute convirtiéndolo en una propiedad o pertenencia. Una mirada condicionada por la visión que del cuerpo de la mujer han tenido los hombres a lo largo de la historia.

Y del cuerpo a la mente, porque también se puede colonizar la mente, soslayar el ejercicio del pensamiento crítico y educar para ‘no pensar’ aprendiendo, en cambio, a hacer cesión en favor de instituciones, partidos o personas para que lo hagan en su lugar. En este caso se trataría de una forma de colonización violenta al tiempo que atractiva para quienes lo pretenden. La historia cuenta con algunos ejemplos (del pasado y del presente) de líderes carismáticos que rigieron los destinos de naciones enteras con millones de seguidores en su haber…  “Colonizar la mente se presenta como una práctica atractiva para ejercer desde el descuido ajeno un poder devastador y alienante mediante el debilitamiento generado por la sumisión de individuos, comunidades y grupos que carecen de recursos psico-emocionales para pensar con autonomía”. El colonizador puede aparecer como un seductor de multitudes que cautiva las mentes ingenuas y las inmoviliza con promesas y palabras provocando en ellos la adhesión incondicional y el sometimiento del pensar y el sentir…

Ahí lo dejo…

El psiquiatra Hugo Bleismar, fallecido recientemente en plena pandemia, desarrolló su teoría sobre el ‘colonialismo emocional’, proceso que describe como una forma de abuso mediante el sometimiento de una persona a otra, sometimiento que se produce mediante la puesta en marcha de una dinámica intersubjetiva por la cual el otro ‘es colonizado’ pasando a sentir, a pensar de igual forma que el sujeto ‘colonizador’.

Finalmente y, descendiendo al plano de lo individual, también existen otros colonialismos más sutiles (en el contexto de las relaciones amorosas), a veces, imperceptibles y es posible que algunas personas hayan intentado ‘colonizar’ a otra alguna vez, aunque haya sido inconscientemente y con casi total seguridad a resultas de haber sido educados en una cultura religiosa que profesa la idea de pertenencia, de posesión,  de sometimiento consentido como símbolo de entrega incondicional y exclusiva. Y también podría ser que otros nos hayan querido colonizar mediante coacción, condicionamientos varios o chantaje emocional… Afortunadamente a veces el tiempo y la madurez se encargan de desmontar estos procesos desvelando las auténticas cualidades del amor sano, el de verdad, el bueno que no esclaviza, ni reprime sino que libera…

En definitiva el uso de la palabra ‘colonizar’ puede extenderse a otros espacios o territorios, por mucho que algunos políticos se empeñen  en  reducir su uso a fin de reivindicar e integrar en sus discursos todo lo que tenga que ver con el colonialismo y el imperialismo español en América y, de paso, aprovechar para excederse en la importancia del castellano -para cuya defensa han creado en Madrid una ‘oficina’- obviando señalar –tal y como hizo en recientes declaraciones el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero- que en el marco de la comunidad hispano parlante España no encabeza la lista de países con mayor número de habitantes de habla hispana sino México con 123 millones, seguido de Colombia con 49 … Si hay que reivindicar se reivindica pero con justicia y respeto: que el castellano cuente con una comunidad tan numerosa como diversa, debería formar parte del tan proclamado ‘orgullo nacional’.

Lo que no se dice, también existe…

Tantas proclamas de las ‘derechas’ sobre el Descubrimiento están levantando ampollas a ambos lados del Atlántico… Las opiniones de ‘aquí’ parecen haber tenido eco ‘allá’ y en las dos orillas se cuestiona la figura de Colón, ensalzada por unos y denigrada por otros… Los de aquí pretenden realzar su papel como liberador de aquellos indígenas a los que definen como asalvajados y caníbales…Los de allí exigen una reparación por el genocidio y aniquilación de los pueblos precolombinos: aztecas, mayas, incas…Cuyas gentes fueron obligados a renegar de su propia cultura en favor de la que les impusieron los conquistadores en nombre de Dios y de Castilla…Tomar la parte por el todo sesga el verdadero relato y no es objetivo…

La gran hazaña del Descubrimiento solo puede ser valorada desde el contexto de su tiempo. Toca a los historiadores hacer pedagogía mostrando los hechos con objetividad, con respeto, libres de juicios o posicionamiento ideológico. El pasado siempre está sujeto a revisión, no pertenece a nadie y es patrimonio de todos. Sería más acertado ocuparse del presente y mirar atrás solo para comprender y aprender…

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