Personal y transferible…(4)


Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: un tiempo para nacer y un tiempo para morir […], un tiempo para intentar y un tiempo para desistir[…], un tiempo para callar y un tiempo para hablar […]. (Eclesiastés 3:1-15)

Fotografía: mp_dc

Afirmaba Graham Greene que ‘las personas reales están llenas de seres imaginarios’. Por esa razón, esta ‘pensadora’ no sólo piensa sino que imagina, sueña, fantasea, simula, presagia, alegoriza…Mezcla realidad y ficción, un cóctel perfecto, porque como no soy dios no se me dan bien las parábolas y como no me parezco a Esopo, tampoco controlo el arte de las fábulas… Y por eso, como la mayoría de quienes gustamos escribir y por mucho que algunos se empeñen en negarlo hasta tres veces como San Pedro, cualquier relato o texto salido de una pluma, fusiona experiencias vitales propias y ajenas así como también acude a préstamos clásicos universales a fin de obtener una simbiosis que refleje, lo más certeramente posible, la vida de verdad, una de esas que se caminan por tramos, que sigue el ritmo de los ciclos vitales y consume las etapas naturales a las que todos los seres humanos estamos sujetos y avocados… A lo que añado, para evitar confusión, que todo parecido con la realidad es pura coincidencia…

Esta semana ha sido un poco extraña. Con la resaca de las recientes pérdidas y el recuerdo de nuestros seres queridos ausentes tan presentes en esta fechas, irrumpió en el calendario el famoso puente de la Constitución y de la Inmaculada. El preludio de las Fiestas que se avecinan, la festividad que pone el contador a cero e inicia la verdadera cuenta atrás, por mucho que algunos se empeñen en adelantar los polvorones a noviembre… Personalmente hace unos años que no presto atención a los puentes, es más, prefiero ignorarlos. Pero parece que esta vez los oráculos fueron favorables y sin esperarlo, el dichoso puente dio para mucho: para ir al cine, para tomar cervezas, vinos y deliciosas tapas…Para conversar largo y tendido, narrar leyendas y sucesos y hasta para ver una exposición de Picasso seguido del correspondiente debate señalando las posibles sinergias del pintor con los clásicos del Siglo de Oro en los que se inspiró y elucubrar a dúo sobre su genialidad, su capacidad para reinterpretar y reescribir a sus homólogos barrocos de esa forma tan fascinantemente extraña como perceptible sólo a los ojos de otros genios o aprendices de genio, mientras el resto de los mortales hemos de conformarnos con admirar o, como mucho,  intentar trascender hasta ser capaces de reconocer su grandeza y su don…Así que fueron unos días aprovechados y provechosos entre mi ciudad y la de Sevilla, en plena ebullición, con terrazas, bares, tabernas, tascas y tasquitas a tope y sus plazas emblemáticas a rebosar sin que cupiera un alfiler… Las tiendas y el comercio en general abiertos , con ganas de venderlo todo. Y los niños paseando de la mano de sus padres o de sus abuelos comiendo algodón dulce, manzanas o chucherías… Soñando los juguetes de Reyes y entregando sus cartas a los pajes, porque afortunadamente, Sus Majestades, aun se resisten al correo electrónico… Un ambiente festivo al que se ha unido Santa Claus desde que hace años irrumpió en nuestra tradición para competir con los Reyes adelantando algunos regalos en Nochebuena…

El río que atraviesa la ciudad, circulaba manso al atardecer dejando ver estelas y surcos en líneas rectas e inclinadas dibujadas por piragüistas, que ajenos a todo este ajetreo, remaban tranquilos orillando plácidamente su curso. Y cuando el sol desapareció a espaldas de las casas más altas, un alumbrado de cientos y cientos de bombillas, pintaron de colores calles, edificios, torres, árboles, avenidas, plazas… Y por primera vez tras este raro tiempo de pandemia, experimenté un ligero sabor a Adviento ,cada vez más añejo y agridulce, a la par que recordaba a mis hijos cuando eran pequeños y, juntos aguardábamos esta fecha para adornar la casa y poner el árbol que siempre presidía nuestro pequeño salón…

Y una vez instalada y buceando en los recovecos de la memoria, recordé la última vez que estuve en esta ciudad hace unos años, antes de la pandemia. Fue un viernes 21 de diciembre, justo la noche del solsticio de invierno. Según los científicos la palabra invierno tiene un significado subjetivo puesto que no tiene un principio o mitad establecido. No obstante, en el caso del solsticio de invierno, se podría calcular con exactitud el segundo en el que acontece y aunque, teóricamente este (el solsticio) solo dura un instante, se usa como genérico para referir el día completo en que tiene lugar…

Aquella fue una noche extraña que llegó como de la nada, inesperadamente. Una noche imposible de definir en la que se entrecruzaron mil emociones y se encontraron otras tantas. Me quedó la sensación de que apenas durante aquel segundo en que se produjo el solsticio, como si de pura magia se tratara, algo se paralizó en mi memoria como una foto fija, como una efigie…Quietud sin movimiento… A veces pienso que el destino, el azar, el hado, la fortuna o la predestinación tuvo algo que ver en todo aquel batiburrillo, en aquel marasmo emocional.

Aquella noche escribí intentando ordenar algunos sucesos de mi vida como si de retales de tela se tratara. Cada recuerdo se me aparecía ligado a un determinado color, a su vez, relacionado con las emociones que habían predominado en cada episodio, en cada etapa… Todos y cada uno cosidos con el hilo de la vida y algunos desgastados y remendados con el paso del tiempo…

También en aquella ocasión paseé junto a la ribera del río cuyas aguas se iluminaron gracias al reflejo de una enorme luna que trazaba un círculo perfecto sobre su superficie. Un círculo que soñé como una puerta de entrada a otra dimensión. Una puerta secreta que si se adivinaba permitía pasar a otra realidad. Se dice que lo bueno dura poco y también que lo bueno si breve dos veces buenos, pero eso no del todo cierto y no me consolaba…Porque por alguna razón que ni yo misma acertaba a comprender, había experimentado la ilusión de saltar a través de ese agujero blanco para adentrarme en una ciudad paralela construida bajo la auténtica ciudad. Y en ella todo funcionaría a mi favor y lo breve no sería breve sino largo y duradero… Aquel sería un lugar sólo al alcance de quienes valientemente corrieran el riesgo de precipitarse sobre aquel círculo de luz dibujado a ras sobre las oscuras aguas del Guadalquivir…

Aquella fue una noche fría, de candilejas, de farolas y de un haz de luz que llegaba desde la gran luna que me alumbró mientras caminé calles, reí, bebí alguna que otra cerveza, conté anécdotas al tiempo que me llegaban los ecos de una canción de Luz Casal… A continuación intuí que cuando el sol despuntara el día también yo despertaría del sortilegio del solsticio, de la magia de la luna y que aquel círculo blanco se tornaría transparente hasta desaparecer… Finalmente cuando amaneció todo volvió a su ser…

Aparte de Freud, que supongo sabría interpretar mi sueño aunque creo que no acertaría ni de lejos, nadie mejor que Segismundo para poner broche final a este post. Él también habló de sueños en su célebre monólogo, cuya primera estrofa reproduzco a continuación: Es verdad, pues: reprimamos esta fiera condición/esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos/Y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular/que el vivir sólo es soñar y la experiencia me enseña/que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar… (Pedro Calderón de la Barca).


Fotografía: mp_dc

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