¿Llorar o no llorar? Esa es la cuestión…

El dicho “lágrimas de cocodrilo”, llanto fingido para atraer la atención de otros, proviene de una antigua creencia griega según la cual los cocodrilos simulaban estar llorando para atraer a sus presas.
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No es la primera vez que escribo acerca de las emociones, más concretamente de las lágrimas como respuesta, más o menos habitual, a determinados estados anímicos. Los humanos estamos programados para llorar. Si lo pensamos bien, es lo primero que hacemos al nacer. Lloramos como contestación reactiva al estrés del acto de nacer. Desde ese momento en adelante, el llanto constituirá el medio de comunicación entre el bebé y los padres. Ante la sensación de hambre, dolor o incomodidad, los bebés acuden al llanto hasta que aprenden a hablar y a comunicarse verbalmente…

A este respecto circulan diversas corrientes sobre el grado de atención o rapidez con que los padres deberíamos responder al llanto de los niños, a fin de evitar en la medida de lo posible, el desarrollo de estrategias encaminadas a practicar el chantaje emocional o la manipulación a la que sometemos el entorno, primero inconscientemente de pequeños y después conscientemente de adultos. Es una realidad que con el paso del tiempo aprendemos a regular el llanto atendiendo a señales contextuales que nos avisan sobre la conveniencia, sobre los riesgos o los beneficios de llorar en un momento o circunstancia concreta. Llorar nos vincula con el entorno y con quienes interactuamos. Por tanto los seres humanos efectuamos todo un proceso de aprendizaje sobre el llanto y sobre los beneficios o privilegios que puede reportarnos pues, es habitual, que quien llora obtenga más atención de las personas que tiene cerca quienes, además, se mostrarán más proclives a prestarle atención y ayuda.

De adulto se aprende a contener las lágrimas, aunque una película mismamente, desate ese nudo en la garganta, en ocasiones, difícil de controlar. Generalizando podría decirse que algunos individuos son más emotivos que otros y se definen como ‘de lágrima fácil’, aunque la mayoría discrimine o seleccione en consideración a premisas sociales y culturales muy arraigadas que, las más de las veces, los coloca frente al eterno dilema: ¿llorar o no llorar? Esa es la cuestión…

Alrededor del llanto han surgido construcciones sociales con un marcado acento en torno al género que han originado algunos sesgos. Así, por ejemplo, los hombres que lloran son peor valorados que las mujeres. O se califican de estoicos frentes a las féminas consideradas más emocionales y propensas a la tristeza…

Sobre la fisiología de las lágrimas y el sentido de éstas, se han generado diversas teorías que circulan desde la antigüedad (Pitágoras, Hipócrates, Empédocles y Galeno) pasando por los egipcios e incluso más tarde, autores renacentistas como Leonardo de Vinci. Todos han disertado sobre la fisiología de las lágrimas, sobre cómo, por qué y para qué se producen. Tiempo después “Charles Darwin (1809-1882) publicó su libro La expresión de la emoción en el hombre y los animales en 1872, afirmando que los seres humanos expresaban sus emociones para aliviar la angustia. Reconociendo, por tanto, que las respuestas emocionales de los humanos evolucionaron de la señalización de animales no humanos para comunicar sentimientos y se convirtieron en instrumentos sociales que se utilizaban de manera flexible en la interacción humana”. El llanto es, pues, una respuesta a emociones positivas y negativas, Lloramos de tristeza o dolor, pero también de alegría y felicidad. Y en cada caso la composición química de las lágrimas varía. Eso también está demostrado científicamente…

En cualquier caso, en el acto del llanto hay una parte fisiológica que nos viene de serie y otra social, en la que nos educan y que aprendemos a gestionar según circunstancias…Y luego, claro está, existen enormes diferencias culturales que ven con buenos o no tan buenos ojos, el acto del llanto.

A margen de todo lo dicho, llorar como reír, proporciona una agradable sensación de bienestar y relax, de ahí que se pusiera de moda la técnica de la ‘risoterapìa’ inventada por el médico norteamericano Patch Adams, cuya vida fue llevada a la gran pantalla en una película -“Patch Adams”- protagonizada por Robin Wiliams. A partrir de aquí, parece obvio que a alguien se le ocurriera una terapia similar pero en el polo opuesto. Pues bien, ha sido en Japón –cultura no partidaria del llanto en público- Takashi Saga, también conocido como el sommelier de lágrimas, puso en marcha unos seminarios de lágrimas que celebra dos veces al mes, para que los asistentes lloren transformeando la sala en un mar de lágrimas, en la que sus protagonistas se sientes muy a gusto… Una terapia de gran éxito en una sociedad que dificulta y constriñe el llanto, interpretándolo como signo de debilidad.

Y es que llorar es bueno y sana. Por eso los japoneses, tan ceremoniosos y amantes de los rituales, han hecho del llanto colectivo otro ceremonial de relajación y sanación. Con ese objetvo existen clubs y hoteles en los que se reunen para experimentar el llanto a modo de catarsis colectiva, cosa que hacen viendo películas lacrimogenas o documentales de catástrofes entre otras cosas…Sí, por raro que nos parezca, cinco o seis personas se dan cita, pañuelo en mano, dispuestos de llorar hasta vaciar los lacrimales para quedarse exhaustos y nuevos, dispuestos para la siguiente sesión…

Yuka Muroi, seguidor de Takashi Saga, en quien inspiró su método, un exvendedor que celebra ceremonias de divorcio en Tokio, descubrió también los efectos positivos del llanto observando que las parejas que lloraban durante el proceso de divorcio, completaban el mismo en mejores termimos. Comprendiendo que reprimirse y encapsular las lábrimas es nocivo para la salud y acaba afectando el cuerpo, por lo que «ser capaz de llorar sin tener que preocuparse por las apariencias es un paso importante para que las personas consigan liberarse de la depresión”.

También la literatura ha tenido en cuenta el papel que desempeñan las lágrimas en nuestra vida emocional y social. Por eso Laura Demaría publicó en octubre pasado el libro «Guía práctica del llanto», «una emocionante combinación de memoria, pérdida y nostalgia, pero también de sueños, superación y alegría…». La obra de Tom Lutz, «El llanto. Historia universal de las lagrimas», dice nada más comenzar: “El llanto es un valor universal«. Estamos rodeados de llanto o de situaciones que nos harían llorar y sin embargo hemos aprendido a ocultarlo, por eso lo hacemos a solas o nos cubrimos la cara con las manos…

El filósofo Roland Barthes escribió: ¿Quién es ese “yo” que tiene “lágrimas en los ojos”? ¿Quién ese otro que, un día, estuvo “al borde de las lágrimas”? ¿Quién soy yo, que lloro “todas las lágrimas de mi cuerpo”?, ¿o que vierto al despertar “un torrente de lágrimas”? Si tengo tantas maneras de llorar es tal vez porque, cuando lloro, me dirijo siempre a alguien, y porque el destinatario de mis lágrimas no es siempre el mismo: adapto mi modos de llorar al tipo de chantaje que, a través de mis lágrimas, pretendo ejercer en torno mío…»

Finalmente, solo añadir que «el llanto es, a veces, el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras…» (Concepción Arenal)

Felices como perdices…

“La felicidad es como una mariposa, cuanto más la persigues, más te eludirá. Pero si vuelves tu atención a otras cosas, vendrá y suavemente se posará en tu hombro”. (Henry David Thoreau)
Fotografía: mp_dc

Tradicionalmente los cuentos se han venido narrando desde, tiempo inmemorial, comenzando con la palabra ‘érase’. De igual manera concluían añadiendo la frase ‘y fueron felices y comieron perdices’, de ahí el refrán popular ‘ser feliz como una perdiz’. Pues bien, mi curiosidad me ha llevado a cuestionarme más de una vez sobre la relación que podría tener la perdiz con la felicidad y, realizadas las pesquisas pertinentes, parecer ser que se trata simplemente de la rima…O sea, que la perdiz no es un ave particularmente predispuesta a la felicidad. Al menos no más que el pavo real o cualquier otra compañera de su misma familia…

Respecto a  los seres humanos tengo una buena noticia: estamos diseñados para ser felices. Sí. Así es. Nuestra naturaleza trae de serie un dispositivo –el cerebro, concretamente el hipotálamo- dotado de recursos capaces de generar felicidad mediante la actividad de cuatro hormonas determinantes: endorfina, dopamina, oxitocina y serotonina. Cuando sentimos calma y un buen humor de narices que contrarresta cualquier vestigio de ansiedad, significa que las endorfinas entraron en acción Estas moléculas nos hacen sentir capaces de todo aquello que nos propongamos…Escuchar música, pasear o hacer el amor son actividades que ayudan a potenciarla. La dopamina, por su parte, actúa sobre el placer y la satisfacción. Es la que coopera al experimentar la curiosidad, la motivación y la confianza. También se conoce como la ‘molécula del amor’ porque interviene en todos esos estados emocionales que nos embelesan al comienzo de una relación, tales como la euforia y la vitalidad. Pero ojo, porque tiene otra cara adictiva que puede hacernos caer en  la búsqueda exclusiva e irrefrenable de todo aquello que nos proporcione sensaciones agradables y placenteras como único objetivo. Es decir, que puede hacernos caer en cualquiera de los tipos de adicción que nos acechan…

La oxitocina es la sustancia que nos anima a crear vínculos con los demás. De ahí que intervenga en el establecimiento del vínculo materno y tenga especial relevancia durante el parto y la lactancia (aunque los hombres también la producen). Esta hormona influye en la construcción de las relaciones humanas. Nos incita a facilitar relaciones estables e incluso a controlar el miedo. La segregamos de manera natural cuando hablamos con nuestros amigos, cuando nos acarician, cuando nos sentimos atendidos y queridos…  Finalmente, la serotonina es la encargada del humor y el bienestar, por eso cuando los niveles bajan se pueden producir estados depresivos, ansiedad, agresividad… Cuando estamos equilibrados produce una sensación de dicha y de relajación. Percibimos autoestima y enfoque óptimos. Hacer ejercicio al aire libre, meditar, relajarse, echar una buena siesta o simplemente incorporar a la dieta algunas raciones ricas en plátano, piña, aguacate, ciruelas o cacao, puede contribuir a elevar los niveles evitando así episodios depresivos.

Visto lo visto, vuelvo al refranero para mencionar otro dicho popular, pues cabría pensar, con todos estos argumentos en la mano, que la ‘naturaleza es efectiva y verdaderamente sabia’. Y también cabría preguntarse por qué, a pesar de esta predisposición consustancial a los seres humanos, la felicidad se prodiga tanto y con frecuencia escasea. Claro que si nos quedamos aquí la reflexión resultaría demasiado simplista frente a una casuística excesivamente amplia. Porque, aunque hagamos todo lo posible por mantener estas glándulas en buen estado de salud, aprovechando el potencial con todo el caudal de positividad que cada hormona aporta, comprobamos que no es suficiente…Tampoco lo es siempre cuando a todo lo anterior añadimos buena disposición y un espíritu alimentado por la recononciliacion permanente con una misma y con los demás…

Es mucho más complicado. Y es así porque no vivimos solos sino interconectados e interdependientes, de manera que la felicidad viene condicionada o influida por factores externos que no siempre concitan con el buen estado de salud (mental y físico) y el equilibrio hormonal. El bienestar, el buen humor, los deseos sexuales o la motivación están ligadas también al entorno, a las circunstancias, a la coyuntura…Por eso muchas veces se produce una disociación y solo, de vez en cuando, si las condiciones fisiológicas coinciden con una inmejorable situación externa, se produce en mayor o menor medida esa sensación de lo que hemos acordado en llamar ‘felicidad’, un término que los expertos traducen como paz interior, tranquilidad y el sentimiento de que la vida adquiere pleno sentido…

En cuanto a la felicidad colectiva, esa misma que experimentamos como comunidad, como pueblo o nación, esa que no depende individualmente de cada uno pero si de todos juntos haciendo piña, como sociedad y en la que particular y directamente tienen mucho que ver quienes nos gobiernan, tanto en cuanto dibujan, perfilan y encabezan la senda que hemos de seguir (hacia adelante o hacia detrás), ese nivel de felicidad y atendiendo al ranking elaborado en base a una clasificación de 156 países, los españoles ocupamos actualmente (datos de 2022) el puesto 27 de una lista que encabeza Finlandia y acaba Colombia…

Sería necesario acudir a la hermeneútica para una mejor comprensión…Pero no es el foro ni es el caso…

Más allá de la pandemia, de la crisis económica e incluso ahora de la guerra, Finlandia es la nación más feliz del mundo y tras ella sus vecinos daneses, noruegos, suecos e islandeses… ¿Será por el frío? ¿Por la baja densidad de población? ¿Por la religión mayoritariamente luterana? o ¿Por sus eficaces sistemas educativos? Puede que de todo un poco…Aunque los parámetros que han ayudado a definir este índice de felicidad son entre otros: la esperanza de vida saludable, la renta per cápita, el apoyo social, la baja ‘corrupción’ y, agárrense los piños, ‘la generosidad colectiva’ que los convierte en una sociedad con conciencia de la interconexión que practica la ayuda mutua y disfruta de altas dosis de libertad individual respecto a la toma de decisiones vitales…Ahí queda eso…

En fin, mucho se ha dicho y escrito, meditado y pensado sobre la felicidad. El gran filósofo Séneca escribió así en su obra De vita beata:  “Todos los hombres […] quieren vivir felizmente. Aspiramos a ser felices y para ello intentamos descubrir qué es. Sin embargo, cada persona posee una respuesta, una definición de felicidad diferente y es precisamente esa disparidad de opiniones ante una cuestión tan trascendental en la existencia del ser humano, donde reside una de las razones de la aparición de la ética…” Anteriormente Aristóteles había afirmado que  “La felicidad depende de nosotros mismos” y, siglos después, Kant concluyó que “más que un deseo, alegría o elección, la felicidad es un deber”. Con el tiempo llegaron los psicólogos e introdujeron el concepto del ‘locus de control’ que afecta al punto de vista de un individuo y a la manera que éste tiene de interactuar con el entorno…Considero que muy probablemente ahí resida el nudo gordiano puesto que para algunas personas, el locus vive en el exterior y sienten como las fuerzas externas guían sus acciones. Para otros, en cambio,  como Séneca, el locus reside dentro

En cualquier caso, confiemos que los beneficios de nuestras hormonas sumados a una actitud de encarar el mundo con gratitud y sin dramatismo, constituyan una buena fórmula para construir una vida salpicada de instantes ‘felices…’ Debería ser suficiente…Al menos para empezar… ¿Alguien da más?

Los tres ‘monos-sabios…’

«Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber» (Confucio).
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Quienes mostramos un gusto especial por las palabras, con frecuencia, solemos tener algunas favoritas. Se trata, casi siempre, de vocablos que seducen por su gramática, etimología o musicalidad. De eso hablábamos cuando mi amiga mencionó la palabra ‘monosabio’. La pronunció mientras esbozaba una leve sonrisa que se expandió hasta que acabó marcando un hoyito en su cara. Luego se recreó en ella y la repitió un par de veces más, silabeando, -mo-no-sa-bio- al tiempo que decía una y otra vez: ¡qué gracia me hace…! Personalmente no habría reparado particularmente en ella, entre otras cosas porque resulta poco usual, pero al final acabé sonriendo, contagiada, aunque sin hacerle tanta fiesta…

Si acudimos a la RAE observamos que contiene una única definición en el marco de la tauromaquia: ‘auxiliares que ayudan en las tareas durante la lidia…’ Y ahí se acaba todo. No obstante, si separamos las dos partes de las que se compone, la semántica nos conduce a un nuevo término cuyo significado trasciende mucho más allá de las meras tareas de ayuda y auxilio en la denominada fiesta nacional….Y lo digo con todos mis respetos hacia quienes desempeñan tan dignos menesteres. Así pues, rota en dos, aparece la voz ‘mono-sabio’, cuya imagen en sentido literal representa tres monos agrupados que simbolizan toda una filosofía de vida. Hace milenios que existen pero se volvieron familiares y cotidianos gracias a los emojis del wasap en los que aparecen sentados, tapándose con las manitas los oídos lo ojos y la boca, metafora que alude y representa una actitud ante la vida…

Los tres ‘monos sabios’, conocidos también como ‘místicos’, proceden del Japón y aparecen representados en una escultura de madera de Hidari Jingorō (1594-1634), situada sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu (1636) construido en honor del primer Shogun Tokugawa Ieyasu. Los monos tienen nombre: Mizaru, Kikazaru y Iwazaru y unidos encarnan una máxima traida desde oriente:  «No ver el Mal, no escuchar el Mal y no decir el Mal». Aforismo que tiene su réplica en occidente tal y como aparece reflejado en el Castillo de Loarre (Huesca), construido en torno al año 1000, donde en el capitol derecho de la entrada se aprecia la inscripción: ‘ver, oír y callar’

El significado es realmente complejo aunque parece que los expertos coinciden en señalar su relación con el código filosófico y moral ‘santai’, un código de conducta que recomendaba la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción, sentido que perdura en la actualidad…

Según cuenta la mitología los tres fueron enviados por los dioses como observadores y mediadores entre ellos y los hombres. Su misión era observar las malas acciones y dar testimonio a los dioses. No obstante, cada uno de estos mensajeros sufría una carencia. Y es que fueron creados mediante un conjuro mágico que les otorgaba dos virtudes y un defecto, razón por la cual el proceso de mediación requería la complicidad de los tres: el mono sordo observaba y transmitía al ciego sus conclusiones y éste a su vez al mudo que, aunque no podía hablar, podía comunicarse con los dioses y encargarse de que los humanos cumplieran los castigos que se les imponía ante las faltas cometidas…

Otra teoría señala su origen en China e incluso en la India, desde donde fueron importandos a Japón, aunque, hoy por hoy, están ligados a las tallas del monasterio japonés del siglo XVII. En fin, sea como fuere, lo más importante es el mensaje que transmiten con su actitud. Para unos es ver, oír y callar, para otros no veas, no escuches y no digas maldades, tres principos inspirados en las enseñanzas de Confucio, el filósofo chino cuyas frases inspiraron algunos de nuestros dichos populares más sabios: ‘Lo que no quieras que los otros te hagan a ti, no lo hagas a los otros…’

A partir de estas leyendas han surgido diferentes enseñanzas que han ido circulando a lo largo de los tiempos. La más popular señala que el hombre no debe escuchar aquello que le lleve a cometer malas acciones, ni ver las malas acciones como algo natural, ni hablar sin fundamento. Lo que nos conduce a que debemos mantener nuestro espíritu libre y limpio de perversiones, aunque no sea eso exactamente lo que acoseja el código Santhai anteriormente mencionado que persiguió la rendición de las personas, animándolas a actuar según los principios de la filosofía estoica que nos enseña que «el camino hacia la felicidad está en aceptar lo que se nos ha dado en la vida, no dejándonos controlar por nuestro deseo de placer o nuestro miedo al dolor, usando nuestras mentes para comprender el mundo que nos rodea y para cumplir con nuestro papel en el plan de la naturaleza, trabajando juntos y tratando a los demás de una manera justa…» Posteriormente este código moral se vinculó con los tres monos. Dicha asociación se atribuye a Denkyō Daishi (767-822), fundador de la Tendaishū, la rama japonesa de la Escuela Budista del Tiantai durante el periodo Heian (794-1185).

Resultará interesante recordar que la colocación de los tres monos no es en absoluto baladí o aleatoria, de ser así resultaría inoperante. El primero es el mono sordo que ve y habla; el segundo el ciego que no necesita ver porque su misión es escuchar y transmitir y el tercero el mudo que no necesita hablar sino escuchar y decidir…Como la vida misma…Porque una siempre debería saber de qué lado ponerse, dónde colocarse frente a los demás, sobre todo, frente a sí misma y con quien establecer complicidades… Igualmente debería conocer cuando hablar y cuando callar. Elegir con acierto junto a quien (quiénes) caminar, el papel que está llamada a desempeñar y la razón de ser de su estar en la vida y en el mundo…

Desde sus origenes han sido muchas las interpretaciones, analogías, enseñanzas y símiles acerca de los ‘tres monos sabios’ tambien en occidente. De ahí que se encuentren coincidencias con los principios socráticos que nos han llegado a través de su discípulo Platón quien, según su parecer, para la buene convivencia entre la ciudadanía conviene desarrollar y practicar la virtud de la prudencia. Así lo contaba PLatón:

Un día un alumno se acercó a Sócrates para contarle un rumor que había oído y le inquietaba. Sócrates, que buscaba las respuestas interrogando, le hizo las tres preguntas que constituyen los denominados filtros socráticos:

1.-«Esto que vas a contarme, ¿ha sido contrastado de alguna manera? ¿Sabes si es verdad?» 2.- «¿Esto que vas a contarme es, por lo menos, bueno?» 3.-«Esto que vas a contarme, ¿es de alguna manera útil o necesario?». Los filtros de la verdad, la bondad y la utilidad constituyen las premisas que deberíamos tener en cuenta antes de hablar…

La moraleja parece fácil: no seas cotilla. No fisgues en la vida de los demás. No te entrometas. No opines gratuitamente. Sé prudente, guárdate de comentarios falsos. No promuevas, ni incites sin fundamento, ni pruebas, ni constatación de los hechos…Y pensando en una cultura como la nuestra en la que hablamos tan a la ligera incluso -o sobre todo- cuando se trata de asuntos ajenos, pensando en nuestros políticos más preocupados por defender sus intereses acudiendo a la dialéctica de la mentira e infectando sus discursos con la falsedad y las sospechas infundadas, manipulando, poniendo en circulación bulos que perjudiquen al contrincante y prometiendo lo que, a priori, saben que no cumplirán, para todos ellos -y para el resto- estos tres filtros socráticos constituyen un legado a tener en cuenta…Y los tres monos sabios, ‘ver, oír y callar’, un recordatorio que todos deberíamos tener presente…

O por lo menos tener en cuenta la afirmación que, mucho tiempo después, hizo Voltaire: «Todo lo que se dice debe ser cierto, pero no todo lo cierto se debe decir»…Sabio ¿eh?…Aprendiendo…