Historias, mitos y leyendas…

«Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo...»(G.A. Bécquer)
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Si hay algo que hasta hace poco se escapaba a la historia han sido los sentimientos, las emociones…Afortunadamente hace más de una década que algunos historiadores abrieron un nuevo campo de investigación (la Historia de las Emociones) dispuestos a explorar un terreno tan desconocido y virgen como poblado de expectativas, un territorio hoy consagrado que ha destapado el universo de los afectos y ha permitido conocer la arquitectura de los sentimientos y la gramática del amor que, antes como ahora, cuenta con sus propios códigos y un lenguaje especifico que, concretado en numerosas expresiones, conforman la semántica de las relaciones sociales y personales, dedicando especial atención al espacio que configura el amor y el deseo…

No obstante, el peso de una moral empeñada en condenar la sexualidad considerada un acto reprobable, sucio y dañino, permitido solo de cara a la reproducción, consiguió que muchas relaciones sanas y verdaderas se volvieran prohibidas y por ello, ocultas, vividas en la clandestinidad y en los márgenes sociales, entre lo permitido y lo prohibido, que han sido recogidas en la historia no oficial o narradas en las leyendas…

El lingüista Michael Witzel aseguró que las leyendas se originaron en la Víspera africana hace más de 100,000 años. El término, que procede del latín legerelegenda, significa leer o cosa para leer. Las leyendas más primitivas intentaban explicar lo inexplicable, como fenómenos de la naturaleza, mitos o cuentos orales que fueron transmitidos de padres a hijos, del chamán a la tribu, de generación en generación, a fin de preservar la historia, tal y como ha venido sucediendo durante milenios aunque la mayoría de las teorías no han podido ser corroboradas por la ciencia.

Quiénes pertenezcan a mi ‘quinta’ (más o menos) puede que recuerden aquellas noches familiares en torno a una mesa, mientras los mayores contaban historias de seres imaginarios o populares, algunos reales, (héroes o famosos locales) a quienes se les achacaban grandes hazañas y gestas que nos dejaban boquiabiertos…Noches de verano sentados en el escalón de la puerta de la calle (cosa muy típica en Andalucía) con primos y amigos, dispuestos a contar lo que habían oido a sus padres a quienes, a su vez, le habían contado los suyos…Relatos de miedo, de fantasmas, de ogros y tambièn de amor, de amores llenos de obstáculos que pocas veces triufaban. Historias truncadas por aquello de romper las ‘normas…’

Y al hilo de todo lo anterior, me viene a la cabeza la idea de que tal vez, solo tal vez, estos relatos nacieron como recurso deslizado en la narración de una historia verdadera. Relatos permeados entre la realidad y la ficción que ayudaron a descubrír y comprender el mundo de las emociones y de las cosas del querer… Las leyendas cuentan, narran hechos que fueron o pudieron ser, transmitidos y recordados a través de los tiempos, sobreviviendo a las costumbres, la religión o la moral al no estar validados por la historia oficial.  Las leyendas han permitido dar rienda suelta a los amores más disparatados, aquellos que se saltaban las reglas del juego sin que nadie se escandalizara por ello precisamente porque sembraba dudas sobre su veracidad. Historias que dejaban en evidencia la rigidez de una sociedad hipócrita y de doble moral que se debate en la dicotomía que enfrenta el ser y el parecer…

Casi todas las culturas y civilizaciones cuentan con historias que han transitado a leyendas, hechos históricos pasados por el tamiz de la imaginación popular que añade detalles y fantasias, que al dia de hoy no se han podido comprobar: Troilo y Crísida; Marco Antonio y Claopatra; Tristán e Isolda; Romeo y Julieta, los Amantes de Teruel o Itimad, la esclava trianera que llegó a ser reina…

Todas estas historias reflejan una época, un contexto, unos personajes a lo que se ha incorporado la fantasía de cada relator…Algo así sucedió con la historia-leyenda de Itimad de la que existen dos versiones: Una recogida en El Conde Lucanor, de don Juan Manuel que sentencia el personaje femenino a quien tilda de caprichosa y desagradecida y la versión popular que se guarda en Sevilla, más benevolente al considerar que se trataba de una mujer poeta, feminista, artista… Un espíritu meláncolico y libre de ataduras sociales.

Cuenta la historia que Al-Mutamid reinó en la taifa de Sevilla entre los años 1069 a 1090. Al-Mutamid era un rey culto que escribía versos y se rodeó de una corte de ilutrados y sabios que hicieron de Sevilla un centro de cultura y de reconocido esplendor por lo que fue una de las ciudades más importantes de aquel momento.

Gustaba al rey pasear por la ribera del Guadalquivir con su amigo Ben Amar, consejero y también poeta. Caminaban y charlaban al atardecer, disfrutando del paseo y la amigable compañía. Y así una tarde cualquiera recorriendo las cercanías del Puente de las Barcas que unía la ciudad con Triana, cuando se detuvieron para comentar sobre la belleza de la luz, el paraje y la tarde en general, Ben Amar comentó sobre la belleza del lugar y Al-Mutamid completó su frase con un verso: «La brisa convierte al río/en una cota de malla.» al tiempo que pidió a su amigo que siguiera la estrofa… Pero Ben Amar no era buen improvisador… Callado rebuscaba en su interior las palabras que rimaran… Mucho se entretenía y prolonlaga aquel mudo silencio hasta que, de repente, una voz femenina sonó tras ellos completando el verso: «Mejor cota no se halla/como la congele el frío…» Ambos se giraron y contemplaron atónitos que la voz era de una machacha descalza de la que Al-Mutamid quedó prendado…

Siguiendo las órdenes del rey Ben Amar la siguió y realizó las consiguientes pesquisas hasta que supo quien era, descubriendo que la joven se llamaba Itimad, aunque era conocida con el sobrenombre de Romaiquía pues era la esclava de un hacedor de tejas de Triana llamado Romaiq, con quien Aben Amar quiso hacer un trato… Pero, conocido por el hacedor el flechazo del rey se la entregó como regalo, advirtiéndole de que se trataba de una muchacha soñadora y perezosa para el trabajo…

Una vez en palacio se enamoraron al instante pues ambos compartían la pasión por la poesía y las artes… El rey no la quiso como una más de harén y la convirtió en su única esposa a pesar de que podía tener varias…Cuenta la leyenda que la esclava granadina echaba en falta las cumbres blancas de Sierra Nevada por lo que el rey, siempre dispuesto a complacerla, ordenó plantar mil almendros en el Alcazar para que su esposa los admirara como si de un manto de nieve de tratara… Otras versiones cuentan que la reina echaba de menos el olor al barro con qué fabricaba ladrillos cuando era esclava y que su esposo cubrio el jardín de barro perfumado con especias y aromas del que disfrutó jugando con sus doncellas…Y todo siguió como un cuento de hadas hasta que a la llegada de los almorávides, el emir Yusuf, desterró a Al-Mutamid y su esposa a un lugar cercano a las inmediaciones de Marrakech…

Cuenta la memoria popular que mientras los reyes navegaban por el Guadalquivir, los sevillanos los despidieron con lágrimas en los ojos…Ambos vivieron el amor hasta el final de sus días…Eso sí, en la mas severa pobreza…

Actualmente un azulejo situado en el Barrio de Santa Cruz recuerda a esta esclava trianera que llegó a ser reina porque enamoró al rey con su poesía…

Y colorín, colorado…

Poder, honor y gloria…

El estudio de los inventarios post mortem ha permitido reconstruir la vida cotidiana de reyes y nobles, y en ellos se ha detectado el gusto por vivir rodeado de todo aquello que pudiera constituir un signo visible de riqueza, aunque también significaba una forma palpable de demostrar el poder y la nobleza de vida al tiempo que un requisito imprescindible y una obligación del señor mostrarse ante sus súbditos con el decoro adecuado a su rango…
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Hace un par de semanas asistí a un Simposio convocado como actividad conmemorativa del 8 de marzo. La temática del encuentro estuvo articulada en torno al papel que las mujeres de las Casas Reales ejercieron como mecenas y patrocinadoras artísticas, así como la impronta que dejaron a través de las obras adquiridas a lo largo de sus trayectorias vitales. Una parte de importante de dicha adquición se conserva actualmente en el Museo del Prado.

Cronológicamente se centró en los siglos XVI-XVII español, período que llama la atención por la cantidad de féminas que ocuparon el trono y sus correspondientes damas, que también vivieron en la corte. Es necesario recordar que a lo largo de estos dos siglos gobernaron sucesivamente los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a resultas de cuyos matrimonios reinaron once mujeres: una como propietaria, Isabel I de Castilla, y diez consortes: Isabel de Portugal (única esposa de Carlos I); la española Ana de Austria, la francesa Isabel de Valois,  María I de Inglaterra y María Manuela de Portugal, las cuatro esposas de Felipe II. Y en la siguiente centuria Margarita de Austria (única esposa de Feliope III) e IsabeL de Borbón y Mariana de Austria (Regente) que casaron con Felipe IV. Finalmente Mª Luisa de Orleans y Mª Ana de Neoburgo (Alemania) esposas de Carlos II, el último rey de la Casa de Austria. Once mujeres, la mayoría extranjeras, que llegaron a España para reinar, que no vinieron solas sino acompañadas de un gran séquito de damas de compañía, consejeros, diplomáticos y demás servidores.

Aunque la instrucción estaba vetada a las mujeres, podría afirmarse que durante el Renacimiento y el Barroco las reinas, las damas de la corte y las nobles en general, accedieron a una educación adecuada, propia de su género y rango que contemplaba tambien, una formación humanista sólo al alcance del grupo social al que pertenecían. Según los expertos, el aprendizaje se realizaba a partir de la propia experiencia más que por los ‘libros’ o ‘manuales…’ La asistencia a  fiestas y eventos o el acompañamiento a la presidencia de festejos variados, constituyeron una manera práctica de conocer el protocolo, las normas de conducta al tiempo que representanban una oportunidad para aprender diferentes estrategias para saber abordar las diversas situaciones que pudieran requerir de ‘cierta diplomacia’ y de un ‘saber estar’ entre pares. Estamos, por tanto, ante grupos de mujeres cultas que hablan varios idiomas, latín y griego incluidos, grandes lectoras y conocedoras de arte que despliegan sus conocimientos contribuyendo con ello al esplendor y fama de las Cortes europeas.

Convienen los expertos historiadores en señalar como una cualidad intrínseca a la imagen de la Monarquía Hispánica la ‘magnificencia’ o suntuosidad, la pompa, el boato, el fausto, la grandeza o esplendor… Característica reseñable, propia de la idiosincrasia de la realeza de aquel tiempo tal cual se identificaba en el imaginario social de la época, tal y como era concebía la esencia, la naturaleza de quienes conformaban tan noble institución y, por ende, la de sus acólitos, quienes ocupaban la cúspide de la pirámide social y desempeñaban los más altos cargos de la jerarquía.

No obstante, en el marco de la realeza y de las élites, tan necesario como ‘ser’ resultaba ‘parecer’. Es decir, dar muestra manifiesta a través del lujo y la ostentación. De ahí que la apariencia formara parte interesada de la parafernalia que acompañaba las apariciones y el ‘estar’ en público. Es lo viene a ser la representación en toda la extensión de la palabra. De ahí que las apariciones en público se realizaran cuidando hasta los últimos detalles: los vestidos, los colores, los tejidos, las joyas, los peinados, la pose…Nada quedaba al azar, por el contrario, la escenografía estaba minuciosamente pensada para impresionar y trasladar una imagen de poder, honor y gloria aquí en la tierra, la misma que tras la muerte ostentarían en el cielo…Así en la tierra como en el cielo los Reyes y sus cortesanos estaban llamados a vivir y a morir al calor de la ‘magnificencia’. Mientras, el pueblo asistía solícito a cada una de las performace como publico acreditado para desempeñar el rol de espectadores que aplauden y admiran cada representación, conscientes del lugar que les tocó ocupar a ellos y otorgado desde la cuna…

Y es en el contexto de la magnificencia que Reyes y nobles, entre quienes se cuentan un gran número de mujeres, asumieron la tarea de proteger y patrocinar las artes. Tanto ellos, los varones, como las mujeres se encargaron de representar a pintores -entonces poco conocidos- a quienes llevaron a la Corte, concedieron honores y alcanzaron un prestigio que ha llegado hasta nuestros días…

En general la ideología nobiliaria atendía también a un aspecto socialde ahí las actividades benéficas, las fundaciones, las cosntituciones de dotes para mujeres pobres y el patronazgo de obras pías y artisticas que pretendía ayudar a los más desafavorecidos y alimentar el crédito y la reputación de los benefactores o patronos. De mismo modo y con el objetivo de perpetuar la memoria familiar de los linajes la realeza y la alta nobleza fomentó el coleccionismo y el mecenazgo. En este sentido, y, aunque ciertamente el aspecto económico era gestionado por los hombres, no lo es menos que no pocas veces esto no era más que un mero trámite siendo las mujeres quienes decidían el destino de dicha inversión. Ellas elegían las obras y a los artistas que acabarían bajo su protección. Por lo que se puede decir que existía un mecenazgo indirecto cuando los esposos pagaban y un auténtico matronazgo cuando las mujeres compraban o invertían a partir de sus propias fortunas.

A este respecto, tal y como sucede hoy en día, cuanto más alto era el posicionamiento socoeconómico menos dinero efectivo poseían, ya que la mayor parte de los capitales se detentaban en propiedades, joyas, obras de arte, etc… En este sentido, podría decirse que la situación ha cambiado poco pues, según sabemos, el Emérido, don Juan Carlos, negociaba con los coches que le regalaban como medio para obtener dinero líquido y la baronesa Thyssen, según afirmó recientemente se considera millonaria en arte pero no en dinero…

Como en otras ocasiones, el pueblo resume estas cuestiones en dichos llenos de sabiduría, como este: «la nobleza y los blasones, nada valen sin doblones…»

Historia de una ‘perla’: La Peregrina…

La Perla Peregrina es una perla de tamaño y forma inusual, considerada una de las gemas más valiosas y legendarias de la historia de Europa…
Fotografía: mp_dc

Esta ‘pensadora’ se ha declarado en diversas ocasiones una mujer de preámbulos, de prólogos, de previos, de víspera y de rituales… Tal vez por eso y, por aquello de intentar ser coherente, también me reconozco persona de conclusiones, de epílogos, de  compendios, de colofón final…Habitual a las listas, a los posit y a los recordatorios, también suelo escribir, de puño y letra, toda una declaración de intenciones antes de comenzar el nuevo año…Una costumbre que se ha vuelto tradición por aquello de que ‘lo escrito, escrito está’ según afirmaron los sabios griegos y que ‘las palabras se las lleva el viento…’ Así que concluida la reflexión y valorados mis logros, pocos aunque firmes, conseguidos a lo largo del 2021, me dispongo a continuar con el reto de escribir en este blog aunque solo sea para unos pocos bien avenidos…

Quisiera estrenar el año con una entrada diferente, afirmando que por fin gozamos de un panorama menos tóxico, que nuestros políticos continúan mostrándose ambiciosos sí, pero virando hacia la integridad y que aquello que se dijo al principio de la pandemia que se convirtió en una máxima muy repetida «la crisis nos hará mejor a todos», comienza a mostrar sus primeros frutos. Pero no. Comenzamos justo donde lo dejamos. Nada ha cambiado, todo sigue igual…Y aunque la actualidad viene cargadita de sucesos hoy me voy a detener en uno por lo anecdótico: la ‘perla peregrina’ que cayó desde el cuello de doña Letizia…Hasta ese momento la perla tiene una larga historia que intentaré resumir…

La anécdota aconteció en el marco de la celebración de la tradicional Pascua Militar presidida por los Reyes, con ambos ataviados para la ocasión. La Reina vestía de largo con chaquetón de piel que adornaba con la que parece ser una de sus joyas favoritas: la peregrina. Joya que cayó al suelo tras un leve movimiento y que de inmediato don Felipe se apresuró a recoger del suelo para después depositar en su mano… La escena ha sido muy repetida en todas las noticias de la TV y ha despertado la curiosidad acerca de la historia que precede a la conocida perla….Y es que ‘la peregrina’ cuenta con una larga tradición entre las mujeres de la realeza desde que Felipe II la regalara a su esposa y pasara así a formar parte de la Corona. De su historia habla largo y tendido la novela de Carmen Posadas’ publicada por Espasa en 2020: La leyenda de la Peregrina.

Hay quienes creen que cuando sus egos se unen a determinadas personas permanecen ligadas a ellas para siempre, incluso más allá de la muerte. El vínculo que se crea trasciende más allá de lo físico y por eso las almas se cosen con un hilo inquebrantable que puede sufrir alguna fisura tras tensionarse al extremo, porque nadie es perfecto aunque, en ningún caso llegará romperse en dos…Y es que la argamasa del amor compartido a lo largo del tiempo lo repara aunque deje una marca o cicatriz que siempre lo recuerde…

Así de unidos viajaban los egos en la bodega del galeón que atravesaba el Atlántico. Todos hacinados, sudorosos y hambrientos a la espera de un destino común que pasaba por la venta pública en el mercado cual bestias de carga, y de ahí a trabajar de por vida bajo las órdenes de sus nuevos amos… Para los jóvenes el final de su trayecto fue el conocido Archipiélago de las Perlas en lado oeste del istmo de Panamá… En aquellas aguas se sumergían a diario grupos de jóvenes esclavos con el cometido de encontrar las codiciadas perlas para satisfacer la codicia de sus amor y obtener así una ración de comida extra…

Y fue allí comenzó la historia de esta joya el día que un joven esclavo africano se sumergió y la extrajo de aquellas aguas panameñas en el año del Señor de 1515…El hallazgo de semejante pieza cambió el curso de su vida pues le valió la libertad.

Y ahí comenzó el viaje de La Peregrina, una perla considerada única en el mundo por su forma de lágrima, su brillo y su color nacarado. Y de ahí su nombre pues el término, además de ‘penitente, viajero, romero o caminante’ también significa ‘singular, exótico, extraordinario e insólito…’ Calificativos que definen las características de dicha joya. El amo del esclavo la vendió a un señor principal y años más tarde la compró Diego de Tébez, aguacil de Panamá, quien ofreció la pieza a Felipe II que tras ordenar fuera prendida de un broche junto con el famoso diamante “El Estanque”, (una piedra preciosa con forma de cuadrado y azul cerado) la entregó como presente a su esposa María Tudor.

Otras versiones de la historia consideran que la perla es más antigua y que pudo ser entregada a los españoles en señal de vasallaje por el cacique de la Isla de las Perlas (Panamá) en el año de 1515 y después comprada por un comerciante español al que a su vez se la compró un gobernador con la intención de regalársela a su esposa. Después de dieciséis años la vendió a Isabel I de Portugal, esposa de Carlos I llegando como herencia a su hijo Felipe II.

Sea como fuere, la perla ha sido lucida por las sucesivas reinas que ocuparon el trono español convirtiéndose en un preciado objeto de deseo de la realeza de la época. Entre quienes la exhibieron se cuentan Margarita de Austria-Estiria, retratada por Velázquez adornada con la joya, Isabel de Borbón, María Luisa de Parma… Según cuentan algunos La Peregrina formó parte de la Corona española hasta 1808, fecha en la que se produjo la invasión napoleónica y el reinado de José Bonaparte que se apropió de la joya y se la envió a su esposa Julia Clary a París. Años después cuando perdió el trono español y el matrimonio se separó, la perla viajó a EE.UU como regalo para su amante hasta que regresó nuevamente a Europa y la dejó a su heredero Napoleón III…Fue este último quien debió venderla hacia 1848 al marqués de Abercorn, cuya esposa la lució en París durante un baile de las Tullerías. Pasado el tiempo, en 1969, La Peregrina” salió a subasta por la firma Parke Bernet de Nueva York, subasta a la que asistió don Alfonso de Borbón Dampierre, que pujó por ella para regalársela a su abuela Victoria Eugenia. Pero finalmente el lote fue adquirido por valor de 37.000 dólares por el actor Richard Burton, quien se lo regaló a la también actriz Liz Taylor, de la que por entonces estaba enamorado…

El viaje de La Peregrina tocaba su fin en diciembre de 2011, fecha en la que se vendió de nuevo como parte de la subasta de joyas que Christie’s organizó tras la muerte de Liz Taylor y en la que un comprador desconocido pujó 11,8 millones de dólares por ella hasta conseguirla. Si fue devuelta la perla a la Corona Española por una mano mágica aquel mismo año no se sabe…Pero de no ser así cabe la posibilidad de que la perla que lució doña Letizia no sea sino un réplica… También existen versiones a este respecto…

Sea como fuere en esa larga trayectoria se observa un vacío que intento llenar acudiendo a Pilar Eyre, Periodista y escritora especializada en la Monarquía Española. En su opinión «doña María de Borbón le entregó ‘La Peregrina’ en 1977 a la actual reina emérita, coincidiendo con la abdicación de su marido don Juan de Borbón. Ambas procedían en el palacio de la Zarzuela a «la sobria ceremonia» de recepción de las ‘joyas de pasar’, cuando la madre de don Juan Carlos le entregó una bolsita de terciopelo». De ser así, la peregrina que cayó del cuello de la actual Reina sería la auténtica perla encontrada por aquel esclavo que se sumergió hace 500 años en las aguas del archipiélago panameño… El mismo que unió su ego a otro ego en una historia que seguro duró ‘mucho’ y para ‘siempre…’

‘Ladys viajeras’: intrépidas, aventureras y escritoras…

La literatura de viaje es un género nacido gracias a la inquietud de algunas personas que recogieron por escrito emociones, sentimientos y vivencias experimentadas durante sus recorridos, que despertaron la curiosidad e interés por otros lugares y culturas…
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La primera ‘hornada’ de ‘guiris’ ya está aquí. Este año la mayoría son compatriotas del interior deseosos de atrapar un trocito de playa para tumbarse en la arena y dejar que la mirada se pierda en el horizonte. La pandemia nos dejó exhaustos. Todos necesitamos recuperar poco a poco aquella normalidad que se nos arrebató y que ahora hemos elevado a la categoría de excepcional…A la palabra ‘guiri’ se le asignan varias procedencias: podría ser un apócope del término euskera ‘guiristino’ o cristino que era como se conocían durante las guerras carlistas a los partidarios de la Reina Mª Cristina y a los liberales. Para otros procede del vocablo ‘guiri-gay’ que significa algo así como ‘lenguaje oscuro y difícil de entender’ (de ahí la expresión), según la RAE, el que hablan los extranjeros. Finalmente para el escritor Juan Goytisolo guiri derivaría del turco guiur, infiel o extranjero…Luego están los que ‘viajan sin salir de casa’ porque no pueden o lo dejan para más adelante, como yo….Y en el impás, saboreamos libros y ‘coprotagonizamos’ aventuras y viajes acomodados en el sofá o la butaca…Y para quienes no gusten de la lectura siempre les quedará el recurso de la imaginación, ‘la loca de la casa’ según decía Santa Teresa. De su mano podemos recrear nuestras propias ficciones, transportarnos al pasado para revivirlo y hasta fantasear con nuestro futuro…

Y retomando la temática de post anteriores en los que he ido desgranando el simbolismo del homo viator desde la antigua Roma, pueblo viajero donde los haya, cuya geografía atravesó la célebre Egeria de paso hacia Tierra Santa y, una vez desentrañado su significado semántico, histórico y religioso (cuyo espíritu encarnaron los caminantes y peregrinos que deambularon por Europa y el resto del ‘mundo’ entonces conocido) salieron a la luz, a resultas de aquellos tránsitos, las obras de Herodoto, Estrabón y Homero (su famosa Odisea podría ser la primera crónica de un viaje ‘ficticio’ desde Ítaca, punto de partida y final del relato) hoy por hoy consideradas las semillas de la incipiente narrativa viajera que prosiguió con otra obra escrita en la cumbre del medievo: el Libro de las maravillas del mundo, fruto de las inquietudes de Marco Polo por abrir nuevas rutas para el comercio de la seda…

El itinerario histórico podría continuar de la mano de Bernal Díaz del Castillo (siglo XV) quien tras el descubrimiento del Nuevo Mundo escribió un relato sobre La verdadera historia de la conquista de Nueva España… Por aquel entonces no se conocía la ‘literatura de viaje’ como tal, aunque su obra se considera entre las pioneras dentro de este género porque contiene información sobre geografía, la naturaleza, gentes y costumbres tan nuevas como extrañas… La llegada de la Ilustración impuso nuevos códigos y la razón se reivindicó como el medio para alcanzar el conocimiento denominado -desde entonces- ‘científico’. Será justo en este momento cuando el relato de viaje comience su verdadera andadura antes de eclosionar en la centuria siguiente. A este siglo (XVIII) pertenecen las obras de Johann Georg Adam Foster, uno de los precursores de la literatura de viajes, que acompañó a James Cook en sus viajes alrededor del mundo así como también destacó Antonio Ponz  y su Viage de España

La entrada del romanticismo impuso la moda viajera impulsada por el desarrollo de los medios de transporte y comunicación (que acortaron notablemente las distancias) y de los alojamientos, que sufrieron una considerable mejora respecto a los siglos anteriores. Al paraguas del romanticismo algunos países del viejo continente se erigieron en focos de atracción del incipiente ‘turismo’ entre ellos España, que constituyó uno de los destinos estrellas para los europeos y europeas. El país se presentaba entonces bajo un halo de leyendas que los propios viajeros se encargaron de exagerar y difundir. Y es que los ciudadanos decimonónicos se iniciaron en el viaje por placer, de ocio, de vacaciones que diríamos hoy…(Vid. la entrada sobre el Grand Tour). Así fue como los románticos comenzaron a preocuparse por el viaje de recreo, a consecuencia del cual circularon los primeros manuales y guías semejantes a las actuales, las mismas que consultamos a la hora de programar un viaje. Ni que decir tiene que estos manuales nada tuvieron que ver con lo literario tal y como afirmara en su tiempo la ilustre escritora Emilia Pardo Bazán: «Yo no escribo guías; voy a donde me lleva mi capricho, a lo que excita mi fantasía, al señuelo de lo que distingue a una población entre las demás».

En cualquier caso, se podría decir que a medida en que maduraba el concepto del viaje en sí mismo fue surgiendo la inquietud por su relato. Me explico. Los viajes se hacían al tiempo que se comenzó a escribir sobre ellos, es decir: los viajes se hacen y se escriben (confieso que en esto me reconozco). Los viajeros y viajeras escribían para sí mismos y para otros, recopilando sus experiencias a fin de prolongar el viaje tras el regreso y recordar. Sobre todo para recordar (también en esto me reconozco). A diferencia del viajero ilustrado, preocupado por el carácter científico de su periplo y, por tanto, más objetivo en sus relatos los románticos, en general, usaron una escritura subjetiva, proyectando su personalidad y las experiencias del propio ‘yo’. De ahí que los escritos del XIX tengan mayor interés artístico y literario que los precedentes. Los célebres ‘cuadernos de viajes’ (conservo unos cuantos) constituyen un remanente, un poso, una memoria personal de fechas, lugares, historias que entrelazan lo personal y lo colectivo, capitales básicos de todo buen viajero que se precie…

En el caso de España, es necesario reconocer que si bien es cierto que se convirtió en un centro ‘turístico’ por lo excelencia, también lo es que lo fue gracias a las féminas inglesas y francesas las más viajeras e intrépidas de toda Europa, entre las que se encuentran notables representantes de la escritura femenina de viaje. Fue a partir de la segunda mitad del XIX cuando estas mujeres, impulsadas por la curiosidad y deseo de romper la rutina diaria y vivir alguna que otra aventura, se lanzaron a recorrer el mundo a pesar de los condicionamientos de género, algunos ya mencionados en otros post. Pues no solo tuvieron que superar barreras geográficas, a veces las más fáciles, sino también aquellas nacidas al calor de las funciones socialmente asignadas acordes a su rol de mujeres, asumiendo el reto de poner en entredicho su prestigio y honestidad. Ellas, como los peregrinos, también hicieron un doble viaje: el exterior o geográfico y el interior., una catarsis o metamorfosis hacia la autoafirmación, la búsqueda de reconocimiento y respeto, reconocimiento que las escritoras extrapolaron a sus textos. Esta literatura narra en primera persona las impresiones de estas ‘ladys’ a su paso por nuestro país: sus costumbres, modas, gastronomía, establecimientos, incluyendo críticas a favor o en contra.

Las inglesas que viajaron por España, como Elizabeth Mary Gosvenor, Louisa Tenison, Sophia Dumbar, Matilda Betham Edwards o Frances Minto Elliot,  buscaban una experiencia que les avalara una cierta “autoridad moral” a la hora de narrar lo que han visto y lo que han sentido en un lugar extraño, ajeno al habitual. El viaje las colocará en una posición de superioridad desde el que opinar, con libertad, sobre lo que ven y sobre la gente conocen. La escritura se convierte así, para estas damas, en una válvula de escape. Sus relatos están construidos sobre  descripciones, observaciones y opiniones sobre sexo, religión o política, opiniones que expresan con mayor libertad que los hombres. Su consideración social les permite confesar sin pudor sus miedos a los posibles peligros, algo que jamás harían ellos. Por otro lado estas viajeras-escritoras no pretenden ganarse la vida escribiendo aunque sus libros se hacieran populares como los de Lady Morgan sobre Francia e Italia, o la señorita Pardoe sobre Turquía… Sólo Louisa Costelo se a ganó la vida escribiendo sus viajes, “abriendo camino a una generación posterior de viajeras eruditas e investigadoras, que con sus textos llegará a ejercer gran influencia política e intelectual y se codeará con sus colegas del sexo masculino casi en igualdad de condiciones (Freya Stark, Gertrude Bell, Alexandra David Néel…)”.

Los relatos de estas aristócratas británicas que visitaron España decimonónica continuaban una tradición iniciada en siglos anteriores, como la francesa Mme D’Aulnoy, autora de Relación del viaje a España una obra llena de curiosidades sobre nuestro país en el siglo XVII a modo de cartas escritas a sus amigos de París o el de Lady Holland en su diario The Spanish joumal of Elizabeth, Lady Holland, Londres 1910, que relata el viaje que realizó con su marido por España en 1809. Su testimonio resulta muy interesante para comprender la época, aunque sus diarios fueron publicaron más de un siglo después.

Otra pionera fue la Marquesa de Westminster, Elizabeth Grosvenor, que solía viajar en yate o en calesa, acompañada por su marido, sus criados, la tripulación y abundantes provisiones. Así cruzó el Mediterráneo y conoció las costas españolas en un periplo que duró más de dos años. Todas sus impresiones e intereses quedaron recogidos en Narratíve of a yacht voyage in the Mediterranean during the years 1840-1841, publicado en Londres, en 1842. Louisa Tenison (1819-1882), culta, inteligente y aficionada al dibujo, viajó y vivió en España más de dos años durante los cuales escribió, Castile and Andalucía, aparecido en 1853, ilustrado con preciosos dibujos propios y del artista sueco Mr. Egron Lundgren, que vivía en Sevilla cuando ella llegó a esta ciudad. Sophia Dumbar es otra de las aristócratas que escribió sobre sus viajes por España. Ella representa un modelo de viajera más cercano al que hoy entendemos por ‘turista’, aunque viajó en diligencia y en tren acompañada por su familia por una criada española que hacía de intérprete. «Sus andanzas quedan reflejadas en la obra. publicada en 1862: A family tour round the coasts of Spain and Portugal during the winter of 1860-61″.

Ya en la segunda mitad del XIX aparecen otro tipo de viajeras que nada tienen que ver con la aristocracia. Son mujeres de clase media, algunas institutrices, que viajan acompañando a familias adineradas con el encargo de ocuparse de los niños. Así recorrían nuestro país y muchas forjaron su identidad de escritora, como fue el caso de Mathilda Barbara Betham Edwards. Finalmente será Frances Minto Elliot quien encarne la figura de la auténtica escritora viajera. En 1884 publicó Diario de una mujer ociosa en España,  una especie de guías “para mujeres ricas y aburridas, amantes de la buena vida y el confort”. Lamentablemente, no existen traducciones al castellano de las obras de estas viajeras.

Resultaría interesante ojear algunas de estas obras y conocer de primera mano la opinión de aquellas primera ‘guiris’ que llegaron a nuestro país. Comprobar sus impresiones, saber qué opinaban sobre los españoles, sobre la moda y las costumbres o sobre nuestra gastronomía…Por si alguien gusta, les dejo el link de acceso al libro digitalizado de Madame D’Aulnoy…Que lo disfruten…

Ellas también viajaron solas: el ‘Itinerarium’ de Egeria…

Egeria ha pasado a la historia por ser la primera mujer que llevó a cabo un largo y heroico viaje de peregrinación, cuyo testimonio ha quedado recogido gracias a sus cartas las mismas que, hoy por hoy, se reconocen como antecedentes de la literatura de viaje…
Fotografía: mp_dc

En casi todos los viajes que he realizado a lo largo de mi vida, siempre llamaron mi atención las mujeres que lo hacen solas. Por entonces no podía imaginar que, pasado el tiempo, yo también lo haría. Si he de ser sincera me costó tomar tal decisión, acostumbrada a hacerlo siempre en familia, con amigos o en pareja. Pero la vida nos hace transitar por estadios muy diversos que requieren aceptación y adaptación a las circunstancias, añadiendo también altas dosis de positividad: contemplar el vaso medio lleno e intentar observar siempre el lado bueno…En definitiva desdramatizar, alejar esa sensación de incapacidad que tantas veces se apodera de quienes hacemos camino solos y, en ocasiones, voluntariamente solos…La soledad elegida o impuesta tiene muchas caras que explorar y ofrece muchas oportunidades de aprender a gestionar nuestros capitales emocionales y a disfrutar cada momento presente, único e irrepetible…

Naturalmente viajar solos en pleno siglo XXI no tiene tanta ciencia y, en el caso de las mujeres, oferta bastantes garantías y múltiples seguridades. Pero, en general, viajar en tiempo de la Antigua Roma o durante el medievo era cosa arriesgada y difícil… Es fácil imaginar los peligros que cualquiera corría en semejante contexto, por no mencionar las incomodidades, inclemencias y enfermedades a las que, en el caso de las féminas, debemos sumar las dificultades intrínsecas o propias a la condición de género. Sin embargo la historia de las mujeres ha avanzado a impulsos de quienes, como Egeria, transgredieron la línea de la ‘normalidad’. Mujeres intrépidas que asumieron el desafío de las propias inquietudes a la par que renunciaron a llevar una vida encorsetada entre los márgenes socialmente establecidos -en una sociedad dominada por hombres- que la obligaban a vivir sometidas a los varones del entorno, en papel de hijas, esposas y madres…

No obstante, desde las culturas clásicas la historia nos demuestra lo que la literatura constata, es decir, cómo las mujeres encontraron las vías para hacerse oír desarrollando estrategias que les permitieron desenvolverse en foros y/o adentrarse en los márgenes de contextos propiamente masculinos. También es cierto que muchas lo hicieron utilizando la fórmula de ‘hijas de…’ o ‘esposas de…’ e incluso desde lugares más sombríos, en el papel de queridas o amantes que convirtieron el lecho en un espacio donde compartir, entre otros placeres, el de conversar haciendo hueco a las confidencias y complicidades varias. (Dejo al margen la consideración sobre la bondad o maldad de las intenciones y objetivos pretendidos por ambas partes).

Y hechas estas consideraciones iniciales, entre las primeras viajeras de la historia destaca la figura de Egeria (s. IV) Los datos biográficos de los que se disponen son escasos pero parecen indicar que procedía de la provincia romana de Gallaecia, en la diócesis de Hispania. Valerio, asceta y monje del Bierzo, la sitúa en la actual comarca y la llama por su nombre en sus escritos. Así mismo, cabe la posibilidad en opinión de los estudiosos, su parentesco con la primera esposa de Teodosio el Grande, Aelia Flacila, emperatriz romana descendiente de una familia prerromana, madre de Honorio y Arcadio, herederos de cada una de las partes en que fue dividido en Imperio Romano (Oriente y Occidente) a la muerte de su padre. Junto a esta hipótesis circulan otras que intentan aclarar cuál pudo ser la familia de procedencia de Egeria, aunque lo único que parece seguro es su ascendencia noble, su posición económica acomodada y su notable formación cultural. En opinión de Rosa Mª Cid, profesora Titular de Historia Antigua en Universidad de Oviedo quien ha encabezado diversos proyectos sobre la Mujeres en la Antigüedad, ha señalado que «su experiencia (refiriéndose a Egeria) muestra hasta qué punto podían romperse los roles de género en la sociedad de la antigüedad tardía, al presentarse como una auténtica aventurera».

Efectivamente. Ya en el año 384 esta mujer escribía: «Como soy un tanto curiosa, quiero verlo todo». Y así fue. Egeria atravesó tres continentes y recorrió más de 5.000 km a pie y a lomos de un burro o una mula convirtiéndose así en la primera mujer viajera conocida de la historia. Su hazaña es del todo loable no solo por lo que implica tal recorrido pleno de peligros de todo tipo, sino por el peso que representaba ser mujer en aquel tiempo y la consideración social que esto suponía. A este respecto Cristina Morató en su libro Viajeras intrépidas y aventureras, recoge un refrán de la época que dice así: “Peregrina salió, puta volvió”. Resumiendo así las sospechas que levantaba una mujer que mostrara este tipo de inquietudes tan poco frecuentes. Por otro lado, tal y como suele ocurrir cuando se trata de épocas tan remotas, algunos expertos han indicado que posiblemente debido a su estatus, podría ser que viajara con algún salvoconducto de los que se expedían a personalidades relevantes. De ser así dicho pasaporte le hubiera permitido cruzar fronteras con ciertas garantías, lo cual no es óbice para desmerecer su osadía.

En cualquier caso Egeria, sin proponérselo, ha pasado a los anales no solo como aventurera sino como escritora. Sumamente religiosa y culta, durante su periplo escribió numerosas cartas recopiladas en una obra conocida como Itinerarium Egeriae, del que se conserva solo una parte. Dicha obra ha sido interpretada como un antecedente de la ‘literatura de viaje’, de la que hablaré más pormenorizadamente en otro post. Algunas voces importantes procedentes del ámbito literario como Menéndez Pidal, colocan a Egeria al frente del elenco conformado por escritoras hispanas, aunque no hubo intencionalidad consciente de crear un texto literario porque su única motivación fue compartir con sus hermanas cuanto descubría. De ahí el uso de un lenguaje fresco, cercano, cotidiano propio de la escritura epistolar, íntima y personal. Un camino recorrido posteriormente por otros escritores, como Flaubert, que llegaron a la literatura de viaje de la mano de este mismo género. Las cartas muestran el carácter curioso y crítico de Egeria, en los que muestra su profunda religiosidad al tiempo que cuestiona e intenta realizar sus propias comprobaciones.

El viaje partió de la Actual Galicia, atravesando a continuación Tarragona hasta el Ródano desde donde cruzó toda Italia. Desde aquí embarcó dirección Constantinopla para partir hacia Palestina con intención de visitar Jerusalén realizando así una peregrinación que tiempo atrás inauguró santa Helena, madre de Constantino. Visitó Jericó, Belén, Nazaret, Cafarnaúm, aunque estableció su base en Jerusalén. En el 382 continuó por Egipto, donde conoció a los anacoretas que vivían en el desierto, pasando nuevamente a Jerusalén para peregrinar al monte Sinaí (momento en el cual comienza la parte encontrada de su relato) y después visitar Antioquía, Edesa, Mesopotamia y Siria…Ya de vuelta hacia Constantinopla escribía así a sus hermanas: «Tenedme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado». Sus textos permanecieron durante siglos presos del polvo en una biblioteca hasta que en 1903 se sacaron del olvido para realizar un trabajo de historia. Así Egeria fue rescatada y su pericia sacada a la luz….

La experiencia viajera de Egeria reflejada en su Itinerarium, ha sido traducida a varios idiomas. Una calle en Ponferrada y otra en León llevan su nombre así como también una empresa familiar de cerveza artesana en El Bierzo. Finalmente, en el pequeño municipio leonés de  Villaquilambre, desde 2007 funciona una Escuela de Formación de mujeres Egeria… Hermoso homenaje en recuerdo de una mujer que quería verlo todo y escribió todo lo que vió…

El secreto del ‘guardainfante…’

Guardainfantes: Armazón de aros metálicos que se ata a la cintura con cintas y se coloca bajo una falda larga para ahuecarla; fue un soporte del vestido originalmente circular que fue aplanándose por delante y por detrás y ensanchándose por los lados, dando una forma exageradamente ancha a las caderas...

Que la ‘moda viene de París’ ha sido uno de los tópicos que más se ha repetido a lo largo de la Historia, cosa que no es del todo cierta. Aunque nos cueste creerlo la España del XVII también marcó tendencia poniendo de moda el color negro, popularizado y extendido por los Austrias tal y como veremos en un próximo post… La globalización, la multiculturalidad y el uso masivo internet tan presentes en nuestras sociedades actuales, han traído como consecuencia la utilización de usos y estilos diversos que coexisten y atienden la demanda de grupos sociales diferentes de manera que ya no se puede hablar de moda -en singular- sino de modas…

El vestido, el traje, la ropa en general y sus complementos conforman nuestra identidad, reflejan nuestra ideología y proclaman nuestra manera de ser y estar en el mundo. Cómo vestimos comunica a los demás quiénes somos. Nuestra imagen visual forma parte de esa liturgia que conforma la representación visual que constituye, a su vez, la base sobre la que construimos los estereotipos que a menudo condicionan nuestras relaciones y opiniones. A partir de este corolario buscamos nuestras propias singularidades, aquello que nos distingue de los otros, proyecta nuestro yo, nuestra subjetividad dejando entrever, a la par, nuestra individualidad la misma que nos diferencia del resto de seres y nos convierte en los individuos únicos e irrepetibles que somos…

La historia de la moda refleja la evolución de las prendas de vestir a través de los tiempos así como los factores que incidieron en ella: el clima, la geografía, los recursos… Pero sobre todo, el vestido ha sido objeto de diferenciación sexual y de género. El traje ha distinguido a los hombres de las mujeres y también a las propias mujeres en función de diversas categorías como el estatus socio-económico, la profesión, el estado civil o la religión. Así, las mujeres honestas -entiéndase por honestas las casadas estuvieron sujetas a unos cánones a su vez ajustados a determinados tejidos y colores, algunos de los cuales fueron privativos de ciertos grupos sociales o marginales como en el caso de las prostitutas, a quienes se reservó el color amarillo… El color delimitaba así la frontera entre la honestidad y la indecencia. En definitiva a lo largo de la historia de la humanidad y, en este caso durante la Edad Moderna, la jerarquización social se extrapoló a todos ámbitos de la vida, también al vestido, cuestión que adquirió tal importancia que incluso llegó a estar regulada por el Estado a tenor de los numerosos tratados de leyes suntuarias sancionadas por los Reyes durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

Las mujeres tuvieron que padecer el ‘peso’ -en sentido literal- de la moda. Sufrieron y soportaron lo indecible con el uso de prendas incómodas, excesivamente ajustadas y recargadas telas ya de por sí pesadas, la mayoría confeccionadas con grueso tafetán negro, o de pelo de cabra gris liso, con las que debían asistir e incluso presidir (en el caso de las Reinas y nobles tituladas) numerosos actos oficiales, sociales o cortesanos que las obligaban a permanecer en pie durante horas… Las numerosas series y películas inspiradas en esta época, algunas muy bien ambientadas, han acercado a los espectadores a los ambientes, costumbres y vestuario de algunas cortes modernas europeas.

Entre las numerosas prendas femeninas (Vid. Museo del Traje de Madrid) llama particularmente la atención el ‘guarda-infante’ (palabra que separo mediante guión para comprender mejor su significado). Con semejante nombre no cabe duda que fue una prenda nacida para ‘guardar’ el mayor secretos que cualquier mujer que se preciara pudiera querer preservar… Exacto: el embarazo no deseado, los hijos ilegítimos, esos hijos engendrados furtivamente, ‘frutos prohibidos’ que podían acabar condenando a una dama a la marginación o a la miseria…

El guardainfante, también conocido en España como ‘miriñaque’, ‘tontillo’ o ‘panier’, eran estructuras que se ataban a la cintura para aumentar el volumen o ahuecar las faldas. Estos armazones adoptaron diversas formas más o menos redondeadas según se extendieran hacia las caderas, como se pueden observar en el cuadro de las meninas, o abriéndose desde la cintura hasta los tobillos, ejemplos todos que encontramos en la pintura de Corte de la Europa de los siglos XVI y XVII. Sobre dicho armazón se colocaban las faldas que, según Madame D’Aulnoy, escritora francesa conocida por sus cuentos de hada y libros de viaje, eran tan largas por delante y por los lados, que arrastran siempre mucho, y jamás arrastran por detrás. Las llevan a flor de tierra pero prefieren tropezar al andar, a fin de que no se puedan ver sus pies, que es la parte de su cuerpo que ocultan más cuidadosamente…

El origen de este incómodo artefacto no fue otro que disimular los embarazos de las prostitutas, de ahí su nombre: guarda infantes. Primero la usaron las meretrices en Francia hacia la segunda mitad del siglo XVI desde donde pasó a España, calculándose su llegada hacia 1630 cuando ya en el país vecino había quedado en desuso (tal y como suele suceder en la actualidad). Según algunos historiadores la hipótesis más probable es que se introdujera de manos de los cómicos dedicados al teatro llegados hasta la Corte del Madrid de los Austria. Aquí en España como en Francia, la popularizaron las prostitutas y mujeres del pueblo, de ahí la lluvia de críticas y murmuraciones que despertó. Pero, cosa curiosa, de repente saltó al ámbito cortesano revolucionando así el mundo la moda barroca.

No se sabe con certeza cómo se produjo el cambio y, sobre todo, quién lo importó aunque algunas voces entendidas señalan hacia Isabel de Borbón, segunda esposa de Felipe IV, como la mujer que lo introdujo en la corte española y, por lo que se sabe, en beneficio propio… Las cortes barrocas en general se distinguieron por una total ausencia de improvisación, más bien al contrario, se rigieron por un estricto protocolo que reguló la vida de los monarcas y de los cortesanos y cortesanas, de manera que la Reina convirtió el guardainfante en un instrumento político destinado a reconstruir una identidad personal destacada frente a la personalidad del valido de turno, en este caso el Conde-Duque de Olivares, además de reforzar su papel en un contexto de guerra contra Francia.

Aquí radica la importancia de esta prenda, tanto en cuanto colaboró a la construcción de la imagen de una Reina que pretendió reconstruirse en una Corte nueva pues, como sabemos, Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII, procedía de Francia país, en aquel momento, enemigo de España. En esta circunstancia, la nueva reina se vio obligada a redefinir su imagen y su nueva posición a fin de no perder prestigio y con ella el guardainfante, una prenda nacida para encubrir la inmoralidad de un embarazo extramarital, pasó a convertirse en una prenda de moralidad intachable, de uso entre las Reinas, sus damas y cortesanas en general. Durante mucho tiempo, el guardainfante, tontillo o miriñaque fue muy utilizado por las damas de la alta sociedad española.

Al parecer a finales del XVII esta prenda cayó en desuso tal y como contaba Madame D’Aulnoy a su vuelta de un periplo por España: Hasta hace algunos años las señoras llevaban guardainfantes de un tamaño prodigioso, lo cual las incomodaba e incomodaba a los demás. No había puertas bastante grandes por donde ellas pudiesen pasar, se los han quitado, y ya no los llevan más que cuando va a ver a la reina o a ver al rey…