El Faro de Assiram (Final)

Casi no había amanecido cuando Víctor llegó a casa. Venía callado, enfundado en un jersey a rayas con cuello marrón y el pelo algo desordenado. Tan callado y pensativo que no parecía él. No te ha gustado, afirmé con mucha rotundidad. No, no es eso, me respondió mientras me seguía hasta la cocina. Estaba absolutamente desconcertada, ¿tan mal estaba? Puse la cafetera y salí a la terraza. Me acerqué al pretil y apoyé mis manos mirando al horizonte. Enseguida le sentí detrás de mí. Sus brazos ensartaron los míos rodeándome con ellos la cintura. En aquel momento hubiera querido que el reloj se detuviera un poco más. Le oía respirar acompasadamente. Permanecí inmóvil, sin querer mover un solo músculo. Así, como si hubiera moldeado ese hueco para mí, metida en su abrazo y a punto de cerrar los ojos, le oí decir con tono jocoso: tienes un tamaño perfecto. Entonces me volví y ambos nos reímos. Hacía frío, le abracé y metí mis manos heladas bajo su jersey buscando calentármelas con el calor de su espalda. Esta sería la única vez que le tocaría y le tendría tan cerca…El aroma del café recién hecho nos separó y entramos dentro.

¿Vas a decirme qué te pasa? Pregunté inquisitivamente. Lo he leído, desde el principio, incluida la dedicatoria…Llamé a Ana y me contó… No sé si enfadada o molesta como quién siente que invaden su intimidad, se me cambió la cara y le dije: no me pidas que te lo cuente ahora, por favor. Él se levantó con aire de padre protector y me volvió a abrazar cálidamente…Al instante, comenzó a elogiar y relatar lo mucho que le había gustado mi novela. Muy bien documentada -decía- los personajes tienen garra y la historia conmueve, ¿de verdad la escribiste tú? Preguntaba bromeando ¿No habrás plagiado a Falcones? Últimamente hay mucho plagiador por ahí suelto…Reímos a la vez. Ya más distendidos intercambiamos impresiones. La Editorial Torralba era muy exigente y pulcra en su política interna, de manera que no publicaba a autores noveles que trabajaran en la empresa. Víctor me pondría en contacto con amigos y conocidos de otras editoriales a fin de publicarla. Yo ya había hecho realidad mi sueño y cumplido una promesa. No necesitaba más, aunque he de confesar que me ilusionaba, después de tanto esfuerzo, que saliera a la luz…

Continuamos viéndonos unos días más. Los secretos de Pau Pressell fueron depositándose en el corazón amigo de Víctor. Unos pasos por delante en cuestiones del dolor, se erigió en una persona de confianza con quien contrastar, confrontar y, sobre todo, compartir, las emociones más íntimas. Y una vez desnudados por dentro, viéndonos las almas llenas de jirones y contadas las historias de cada una de las cicatrices fruto de las diversas experiencias vividas, nunca más encontré en sus ojos una chispa de deseo o pasión. Y mientras yo añoraba aquel abrazo y aquel beso en el portal de mi casa, mil veces recreado en mi cabeza, mientras soñaba con tenerle al menos una noche sólo para mí, él me cuidaba, preocupándose por si dormía bien,  insistiendo en que al menos lo hiciera durante ‘6 horas mínimo’,  enviándome cada día un mensaje de buenas noches lleno de cariño que yo aceptaba, agradecía y valoraba, aún  sin poder evitar un sentimiento de añoranza y ganas de algo más…Cupido había atravesado el alma de Víctor y a mí, así como sin querer, me había rozado además el corazón.

Quedaban apenas unos días para que se marchara. Resueltos sus asuntos con la editorial, se había cogido algunos más para estar conmigo, pero en realidad nada le retenía en esta ciudad. Yo sentía que no sería fácil volver a verle. Generalmente no disponía de mucho tiempo libre y cuando lo tenía, solía marcharse sólo con su bici para reencontrarse a sí mismo, renovarse, escribir, dibujar, tomar un vino contemplando la naturaleza…No necesitaba mucho para sentirse bien, aunque yo creo que vivía instalado en una añoranza continua, asumida, contra la que ya no se rebelaba…A sabiendas de cuál sería su respuesta, me armé de valor y le confesé mi amor. Pero él lo tenía muy claro. Tú necesitas una mano cerca y yo no puedo dártela. No puedo ser tu amante Pau. No estamos en la misma emoción…Así es él: claro, sincero, contundente, sin disimulos, honesto, recto y firme cuando toma una decisión. Argumentó de mil maneras que el flechazo en la amistad también existe. Recitaba con convicción todo cuanto le atraía de mí como persona y lo feliz que estaba de habernos conocido. Porque la amistad, Pau, es para siempre, al tiempo!! Y un rollo tiene fecha de caducidad ¿comprendes?…Comprendía, claro que comprendía…A continuación prometimos no despedirnos, duele demasiado despedirse, los dos lo sabíamos. No nos diremos adiós, comentamos, porque seguiremos hablándonos y vivimos en el mismo país, hoy no hay distancias y está el skype

Al día siguiente pasó por casa a desayunar y a recoger un par de libros que le había encargado. Bajé con él a la calle, nos dimos un cálido abrazo y me besó cariñosamente en la frente…Abría la puerta del taxi cuando se volvió: He pensado que me gustaría ponerle al barco Assiram, te importa? Será un honor -dije- te lo regalo!! Volvió sobre sus pasos pero le interrumpí diciendo: ¿Me regalas tu jersey? Ese que llevas, el de rayas. Él sonrió, se lo quitó y me lo puso diciendo: cuídamelo, tiene que durarte otros diez años más, por lo menos…No te preocupes -contesté- me lo pondré sólo para escribir.. Nos miramos un segundo más mientras me lanzaba un ‘me gusta’ con el pulgar hacia arriba…El coche desapareció de mi vista al girar la calle. Yo me abrace sobre su jersey aún templado por el calor de su cuerpo y metiendo mi nariz bajo su cuello marrón, cerré los ojos impregnándome con su olor. No podía construir un faro como hiciera Abdul, ni enviar un haz de luz hasta sus ojos, así que continué haciendo este gesto, a modo de ritual, cada vez que lo usaba para escribir…

Por la noche en mi cama recordando, como si de un juego de rol se tratara, yo me sentí Abdul ben Alssur y Víctor era mi Assiram, mis ‘ojos de tormenta’… Entonces, en un segundo de lucidez, lo vi claro. La tormenta no estaba en los ojos de la joven sino dentro de Abdul, en el orgullo herido de un hombre que se recriminaba a sí mismo por sentirse débil ante ella, por no poder doblegar su amor, porque podía tenerlo todo menos lo que más deseaba… Hasta que finalmente se rindió entregándose a su verdadero destino. Como él, también yo encontraría otras manos, otra piel y otros labios, amaría a otras personas pero el recuerdo de Víctor permanecería en mi corazón como una marca indeleble, ajena al tiempo y al espacio…O eso pensé… Y una lágrima recorrió mi mejilla, entremezclando tristeza y alegría, mientras buscaba el sueño evocando el tacto de su espalda y sabor de su boca prolongado en la mía…Mi corazón también estaba en paz…