El Faro de Assiram ( Parte I)

Bilbao, Siete Calles

Caía la tarde. Volví a comprobar el wassap que le había enviado: A las seis en el Café Iraola.  Miré el reloj y las agujas apenas se habían desplazado un par de minutos. Un alud de emociones se mezcló en mi interior y en aquel instante recordé aquello que contestaban los griegos cuando se les preguntaban sobre cuáles eran fiestas más importantes del año y contestaban: “las vísperas”… Pero la víspera de aquella cita de trabajo ya había pasado, ¿por qué seguía tan nerviosa? Estaba desconcertada, en realidad solo era una intermediaria, una mensajera. No era la verdadera protagonista de la historia, sólo la suplente. La editorial me enviaba a atender a un cliente y era mi primera vez. No sé por qué aquel pensamiento me relajó. Llevaba más de una semana preparándolo todo, eligiendo un lugar acogedor en el restaurante habitual para cenar, seleccionando mi ropa…Había cuidado todos los detalles. No obstante, cuando él cliente apareciera, esta incertidumbre se acabaría. Así, que decidí relajarme y esperar.

Entré en la cafetería acordada, la de siempre. Era en lugar ideal para dar buena impresión. Limpio, discreto, entrañable. Ajeno al paso del tiempo, conservaba esa pátina de antigüedad que nos transportaba a todos. Tal vez por eso acogía a escritores, pintores y bohemios que a veces parecían figurantes posando para un rodaje…  El Café, era un antiguo local regentado por la cuarta generación de la familia Iraola, apenas reformado desde su apertura casi a principios del siglo XX, estaba muy bien ubicado en el casco antiguo de Bilbao, el de la Siete Calles. Sus dueños se habían preocupado por conservar una clientela fija y un trasiego de turistas atraídos por su decoración auténticamente vintage, en contraste con los locales modernos. Llamaban la atención sus camareros con pantalones negros, chaquetillas blancas con pajaritas y sus paredes cubiertas de fotos. De un lado las de la ciudad en tiempos de su apertura, en blanco y negro. La gente se paraba tratando de identificar los lugares, comparando como estaban entonces y en la actualidad. De otro, las de los famosos: escritores, cantantes, actores, actrices, políticos, personajes del papel couché

Sentada junto a la ventana, me entretenía mirando a la gente anónima que pasaba: una mamá con su hijo de la mano, una señora paseando a su perro, dos ancianos a paso lento conversando pausadamente, un barrendero vaciando papeleras, una pareja besándose, haciéndose carantoñas…Respiré hondo. Nadie parecía fijarse en mí, al fin y al cabo no era más que una mujer de mediana edad sentada en una cafetería, apurando una taza de café… Absorta como estaba, el sonido de un vaso contra la barra me devolvió a la realidad. Y ahora sí, él podía aparecer en cualquier momento. Situada frente a la puerta, subía y bajaba la cabeza empeñada en que su entrada me sorprendiera. Y así fue. Justo después de un segundo en que me giré para ver la hora en el reloj que colgaba de la pared, al volverme para seguir mirando hacia la puerta, lo encontré frente a mí. Tenía un cierto aire desenfadado, acorde con el lugar. Vestía unos vaqueros, una chaqueta azul marino abrochada y una bufanda atada al cuello. Sujetaba un libro en las manos, cuya contraportada apenas dejaba ver, oculta tras unos largos dedos… Era él, sin duda…

Ahora que lo recuerdo, me siento un poco avergonzada, debió quedárseme cara de boba…No me pareció guapo, más bien al contrario, pero siempre he preferido esa belleza singular al margen de los cánones oficiales. Si por algo se caracterizaba, era por su sencillez. No era llamativo. Moreno, pelo negro con alguna que otra cana, alto, de complexión delgada pero fuerte, ojos grandes y carita de niño. Me pareció inocente, ingenuo, con mucho desparpajo y soltura a la par que resaltaba una timidez que se rompía a trozos a medida que hablábamos, dejando entrever una personalidad llena de matices que a mí me parecía interesante descubrir. Hablamos y hablamos mientras cruzábamos algo más que palabras. Muy pronto aparecieron los primeros gestos de complicidad, las miradas furtivas buscando los rasgos más significativos del rostro, para detenernos, finalmente, en los ojos…Y tras cada mirada, un instante de silencio que se quebraba esbozando una sonrisa.

A medida que transcurría el tiempo, un ligero cosquilleo irrumpía en mi estómago. Reíamos y tomábamos pequeños sorbos de vino. Sentía una oleada de sopor en mi cara que él percibió, mientras acercaba su mano para retirar suavemente un mechón de pelo que caía sobre mi frente. El suave tacto de sus largos dedos, un leve roce de apenas un segundo, me produjo un cierto escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Le miraba, mi vista deambulaba de un lado a otro intentando adivinar sus formas apenas insinuadas bajo una camisa blanca que le quedaba muy bien. Con las piernas cruzadas, reclinado sobre el respaldar del sillón, parecía dispuesto a relatarme sus actividades cotidianas: bloguero, reivindicativo, amante de la mar, soñaba con tener su propio barco para abandonarse a la deriva dejándose guiar sólo por las luces nocturnas de los faros…Hablaba y gesticulaba con una vehemencia que despertaba mi atención, abstraída como estaba en mis propios pensamientos y elucubraciones…

No sé cuánto tiempo había transcurrido. La luz de la ciudad me confundía y él creo que también respecto a mí…Es verdad que me resultaba atractivo e interesante, pero no formaba parte de mis planes…De vez en cuando pasaba mi mano sobre mi bolso. Era de ante marrón, grande, para poderlo cruzar y había probado antes de comprarlo para asegurarme que cupiera una carpeta tamaño folio. El ante se vuelve más agradable al tacto cuando pasa el tiempo. Me traía suerte y ahora la necesitaba. Pasaba mi mano sobre el bolso, como una caricia, para asegurarme que dentro continuaba el manuscrito de mi primera novela: ”El Faro de Assiram”. Mi sueño hecho realidad.

Ya había anochecido cuando salimos del café. Las calles parecían diferentes. El bullicio de la tarde contrastaba con el silencio de la noche. Nuestros pasos resonaban sobre la acera. Yo lo miraba expectante y con cierto aire de desconcierto. Él, sin más, se detuvo, me subió las solapas del abrigo y tirando un poco de ellas me aproximó a sus labios dejándome un beso cálido en la mejilla… Luego sonreímos y seguimos caminando amparados por un cielo cubierto de estrellas.

El restaurante donde había reservado mesa quedaba a escasos metros de allí. No es difícil imaginar, que al igual que el Café, era un restaurante elegante y coqueto al que acostumbrábamos a llevar a los clientes. Durante el trayecto continuamos hablando, de la ciudad, de la oferta cultural que tenía, del clima… ¿Por qué no me preguntaba por mi jefa? Finalmente llegamos. El comedor era pequeño y presentaba un ambiente tenue que provenía de las luces de las velas que alumbraban las mesas perfectamente alineadas, vestidas con manteles blancos y una vajilla y cubertería colocadas simétricamente. Nos acompañaron hasta la mesa… Y allí estaba ella, Ana Torralba, la famosa editora, mentora y mecenas de conocidos escritores ya consagrados. Ambiciosa, inteligente, atractiva, una luchadora nata que se había hecho a sí misma. Ana era exquisita, no publicaba a cualquiera. El dinero no le importaba, amaba la escritura y la buena literatura, se escandalizaba de las bazofias que otras editoriales publicaban salidas de la pluma de algunos famosillos con faltas de ortografía… Tomé aire e hice las presentaciones: Aquí la tienes: ella es Ana, Ana Torraba. Él sonrió nuevamente con ese aire de niño sorprendido y feliz, acomodándose ambos en sus sillas, colocadas una frente a otra. Los dos me miraron y yo les hice un ademán con la mano mostrando mi mejor sonrisa. Luego me volví y me marché cabizbaja.

Ya fuera del restaurante, me paré a mirarlos. Seguían el uno frente al otro. Él parecía pletórico, ella no dejaba de moverse el pelo… Buena señal, pensé…Me abroché el abrigo, me crucé el bolso para sentir sobre mi cadera el peso de los 600 folios de mi recién escrita obra…Y con las manos en los bolsillos desanduve el camino de vuelta a casa.