El Faro de Assiram (Parte III)

El sobre tamaño cuartilla, contenía la foto en color de un precioso velero. En el dorso una nota escrita: “A punto de hacer realidad mi sueño. Te invito para celebrarlo. Víctor”. En ese mismo instante, entraba un wasap en mi móvil: “¿Qué te parece? Aún no lo tengo, pero me gustaría contártelo. ¿Cuándo te vendría bien?”

Diez invitaciones más tarde accedí. No entendía por qué me resistía tanto…o sí… El recuerdo de Abdul ben Alssur se quedó plantado en mi cabeza. Pensaba en él y en la joven Assiram, en sus ‘ojos de tormenta’ atravesados en el corazón de aquel hombre en cuyo interior, el amor y el deseo se mantuvieron enfrentados desde el silencio y respeto. Pensaba en la muchacha, preguntándome qué habría sentido contemplando el frustrado amor de aquel hombre al que era incapaz de corresponder y qué hilo extraño y misterioso los mantuvo unido a través de los tiempos. Hasta donde había investigado, Abdul había desposado e incluso tenido varios hijos, pero ni una sola noche dejó de acercarse hasta el Faro para mirar a  la otra orilla, a la kora de Rayya. Y allí de pie, soñaba que aquel haz de luz proyectado desde la inmensa torre, iluminaba los ojos de su amada, mientras una lágrima recorría lentamente su mejilla y esbozaba una leve sonrisa al tiempo que pronunciaba lentamente su nombre, apenas un íntimo susurro escapado entre los labios. Su corazón estaba en paz.

Como Abdul, yo también estaba en paz por primera vez en mucho tiempo.  Me sentía bien conmigo misma, había conseguido equilibrar los diferentes ámbitos de mi vida. En mi interior reinaba un orden añorado, signo evidente de una madurez llegada con los años, con la experiencia y una etapa de profunda reflexión. No quería que nada perturbara esa armonía y Víctor podía colarse por alguna fisura, ¿quién no las tiene?

Habíamos quedado en la esquina del Café Iraola. Desde allí iríamos paseando por el casco antiguo a tomar unos vinos. Acababa de llegar cuando le vi bajarse de un taxi. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y una chaqueta negra que luego me contó, presumiendo, los muchos años que tenía y lo nueva que estaba, como quien bate un record pretendiendo entrar en el libro de los Guinness…Caminamos mientras él hablaba del velero, de su recién título de patrón de barcos, de sus proyectos, del nombre que le pondría…Hablaba y hablaba pasando de un tema a otro hasta que vimos una mesa libre en una pequeña terraza. Nos sentamos uno junto a otro y tras un breve silencio, me miró sonriente: “háblame de ti”. Reímos a la vez. Siendo casi de la misma quinta, nos recordó el título de una vieja canción. Víctor, reía y reía y cuando lo hacía, le desaparecían los ojos de la cara dejando asomar su expresión de niño travieso… Y no sólo se acordó de la canción de ‘los Pecos’, ¡peor aún! los imitó…

La verdad es que yo jugaba con ventaja. Sabía bastante más de él que él de mí. Así que le conté sobre mi familia. Hija de un vasco, casado con una catalana de ascendencia andaluza…Una mezcla perfecta que me aportaba una cierta ambigüedad en mis rasgos y un acento difícil de identificar. Apenas llevaba un año  en Bilbao, la editorial había abierto una delegación y en cuanto lo supe pedí traslado. Había vivido algunos años en el sur pero amaba el norte. Así que no me lo dudé y, contrariamente a lo que todos creían, nada  me costó transitar desde el azul del sur al verde norte pues, además del trabajo, este cambio representaba la posibilidad de comenzar de cero: borrón y cuenta nueva, punto y aparte…

Unos vinos más tarde nos levantamos para continuar hasta un pequeño restaurante que Víctor había elegido con la intención de sorprenderme. Me incorporé. Él estiró sus largos brazos para coger amablemente mi viejo bolso comentando cuánto pesaba. Siempre llevaba conmigo una carpeta con notas, esquemas, mapas, documentos que me habían servido de soporte para la redacción del libro. Aunque las tenía fotocopiadas, no me separaba de ellas. Yo me apresuré a quitárselo de las manos pero estábamos en un lugar estrecho, la cremallera estaba abierta y no sé cómo el dossier  resbaló cayendo al suelo… Los folios y notas se desperdigaron y frente a él, milagrosamente, apareció la portada de la carpeta que lucía una pegatina adhesiva blanca, escrita con rotulador negro: El Faro de Assiram. Pau Pressell.

Recogimos y salimos de allí con gran rapidez. Echamos a andar en medio de un gran silencio, mientras yo me preguntaba cuál de los dos hablaría primero. Lo hizo él. Alto y claro: “¿Eres escritora?”. “No, nome apresuré a contestar-. Tú soñabas con un barco y yo con un libro, eso es todo”. Tal y como me temía, no estaba frente a un hombre que se conformaba con cualquier respuesta y tras una pequeña pausa continuó: “El título es muy sugerente, ¿me dejarás leerlo? ” Conteste muy seca, “es una novela histórica. No, no te dejaré…”

Llegamos a la puerta de casa antes de lo previsto. El incidente del bolso precipitó el final del encuentro. Primero me alegré, luego me pesó, pero como siempre no hice nada por evitarlo, ni tomé la iniciativa. Nos paramos ante el portal. Víctor estaba un poco serio. Me fijé  por primera vez en su boca, en sus labios finos, el de arriba apenas una línea. Él parecía contrariado, algo decepcionado diría yo. Aun así, nos miramos callados mientras comencé a notar su mano estrechando suavemente la mía. Tenía la piel suave y un tacto cálido. Así como estábamos, inclinó levemente la cabeza dejándome nuevamente percibir el olor fresco de su aliento para, un segundo después, sentir el dulce contacto de sus labios en un beso que prolongó en mi boca aunque no tanto como lo haría en mi corazón. Luego, tomó mi cara entre sus grandes manos y sonrió.

Me quedé mirando su espalda, su chaqueta negra, recordando lo orgulloso que se sentía de conservarla ‘nueva’ después de diez años…Entonces lo supe. Víctor había encontrado la fisura para colarse en mi vida. Y apenas tres o cuatro pasos después, le llamé. Él se paró en seco y se volvió. Apresuré el paso, cogí su mano y le entregué un pendrive con el texto completo del libro: “Sé sincero, confío en ti”…