El Faro de Assiram (Parte II)

Me desperté más tarde de lo habitual. Era sábado y podía permitírmelo. Había vuelto a casa de madrugada. El abrigo y el bolso permanecían de cualquier manera sobre el sofá y los zapatos en la cocina…Para alguien metódica y ordenada como yo, eran señales evidentes de estar absolutamente agotada.

Desayuné en la terraza. Un día fresco pero agradable al sol. Pensé en Víctor Roquer. Aunque no le conocía personalmente sabía de él lo que se contaba en la oficina. No dejaba de preguntarme por qué razón su presencia me había despertado tanta expectación y, sobre todo, tantas sensaciones. Víctor tenía un amargo pasado marcado por la muerte de su mujer, de quien estuvo profundamente enamorado. Luego, según se comentaba en la editorial, pasado el tiempo había tenido algún que otro affaire, nada serio. Tenía fama de buena persona y de buen escritor a quien la pérdida de su musa le había dejado roto y con la mente en blanco, lo que para un escritor constituye, en cierto modo, una forma de morir. Tal vez porque sabía todo esto la noche anterior, cuando le tuve tan cerca que respiré su aliento, giré mi cabeza y aparté mis labios de los suyos…En esto pensaba al tiempo que pasaba mi mano inconscientemente por mi mejilla, como si pudiera acariciar su beso…

De repente volví a la realidad. Dejé la taza del desayuno en el fregadero y fui al sofá para recoger mi abrigo. Me disponía a colgarlo en el perchero de la entrada cuando cayó del bolsillo una tarjeta. Me agaché y le di la vuelta: Víctor Roquer Vila…dirección, teléfono, e-mail…No podía creérmelo! ¿Cómo había logrado introducir la tarjeta en mi bolsillo sin darme cuenta? Sonreí, moviendo de un lado a otro la cabeza…Sobre la mesa descansaba mi viejo bolso de ante y dentro el manuscrito, mi novela, mi sueño…Asiram, el Pharo de Asiram. No era mal título. Asiram, Asiram, repetí varias veces en mi interior. Cuando se lo comenté a mi mejor amiga me dijo: ¿y qué es eso de Asiram?…

En el año 1009, finalizada la época de esplendor del Califato, los musulmanes se debatieron en una sangrienta guerra civil que enfrentó a los partidarios de Hixem II contra los del famoso Almanzor, cuyas razzias habían desbaratado y extorsionado a los ejércitos cristianos durante años. La unidad de Al-Ándalus se quebraba, dividiéndose por segunda vez, en pequeños reinos o Taifas. La evidente debilidad que representaba esta ruptura, fue aprovechada por los cristianos que avanzaban a buen ritmo sobre tierras andalusíes, lo que hizo necesario reclamar la ayuda de los almohades que llegaron a la Península allá por los siglos XI-XII de nuestra era.

Explico todo esto para contextualizar a uno de los personajes principales de mi novela: Abdul ben Alssur, caudillo almohade ligado a la kora de Rayya –actual provincia de Málaga- en la que desempeñó funciones de wadí o gobernador, durante algunos años. Cuenta la leyenda que conoció a una joven andalusí de la que se enamoró. Un amor imposible por no ser correspondido. Abdul raptó a la muchacha para hacerla suya y ya a punto de yacer con ella de manera violenta y en contra de sus deseos, la miró a los ojos y algo vio en ellos que lo detuvo. Incapaz de continuar con dicha tropelía, acabó el forcejeo y con los ojos encendidos por el deseo y la ira, se marchó, dejándola bajo custodia de mano derecha. A su regreso, ordenó que la alojaran en las mejores dependencias y que le entregaran una o dos esclavas para que la sirvieran. Así la retuvo unos años, protegiéndola, agasajándola con regalos: sedas de oriente, oro y joyas, perfumes y ungüentos… Cada noche iba a verla ordenando que preparasen suculentos platos con recetas llegadas desde Siria, Damasco, Turquía; comida andalusí aderezada con miel de caña, dátiles, carnes rociadas de romero y especias aromáticas; dulces , alfajores, arnadí, buñuelos…Y a la luz de un candil, recitaba los versos que escribía declarando su amor, alabando la hermosura de su rostro, el brillo de sus ojos, la calidez de sus manos tan esquivas que una y otra vez le rechazaban…La paciencia de Abdul era infinita, deseaba un amor que no nacía en el corazón de la joven que, agradecida, solo mostraba cariño y una confianza que crecía poco a poco, tras tantas noches compartidas y el buen trato recibido de su parte.

Cuentan que un día Abdul ben Alssur desapareció no antes sin ordenar que la liberaran. Tiempo después, desde la costa de la kora, por las noches se divisaba una luz que brillaba lejana en el litoral norteafricano sin que nadie supiera de donde venía. Hasta que un día,  un navegante que había surcado el Mediterráneo por esa zona, contó que la luz procedía del Pharo de Asiram, una torre enorme que se elevaba sobre el punto más alto del acantilado y que fue mandado a construir por tal Abdul ben Alssur en dicha ciudad, quien había ordenado que el faro permaneciera encendido cada noche hasta el final de sus días como señal de su amor por una joven a la que llamó Asiram – ojos de tormenta- en árabe.

El sonido de la puerta me sobresaltó ensimismada como estaba, mientras tomaba unas notas para la sinopsis del libro. El timbre seguía sonando insistentemente. Me puse una sudadera sobre le pijama, me calcé las zapatillas y abrí la puerta…No había nadie. Bajo mi zapatilla, un sobre de papel marrón reciclado con mi nombre, sin remitente…