«Apoyá en el quicio de la mancebia…»

“Monjas,frailes, putas y pajes, todos vienen de grandes linajes”
Imagen Internet

Prostitutas, rameras, meretrices, mancebas, busconas, furcias, fulanas, pupilas, cortesanas, zorras, pelanduscas, mujerzuelas… El castellano es rico en sinónimos con los que designar a las mujeres de ‘mala vida’, de ‘vida alegre’, vulgarmente conocidas como ‘putas’.

Sobre la prostitución se ha dicho que es el oficio más antiguo en la historia de la humanidad. El refranero da fe, recogiendo en numerosos dichos lo que el pueblo pensaba al respecto: “Monjas, frailes, putas y pajes, todos vienen de grandes linajes”, “Puta primaveral, alcahueta otoñal, y beata invernal” o «Tal para cual, la puta y el rufián», etc… Por otra parte, la historia de la prostitución se remonta a la épocas clásicas de Grecia y Roma en la que encontramos los primeros datos sobre este viejo empleo. Aunque una etapa interesante podría ser el siglo XVI, tal vez porque la documentación conservada permite reunir información concluyente para este período conocido como Edad Moderna. Numerosos estudios avalan un pormenorizado testimonio que permite conocer el fenómeno de la prostitución en el ámbito nacional así como encontrar determinadas sinergias con la actualidad.

Por aquel entonces, las mancebías acabaron siendo autorizadas y reglamentadas por la autoridad municipal y pasaron a ser socialmente consideradas ‘un mal menor’ pero necesario… Las prostitutas canalizaban los bajos instintos masculinos en favor de las mujeres honestas, reservadas a la maternidad. El oficio, contrariamente a lo que podría pensarse, estaba muy cotizado entre las féminas de baja extracción social, solas o sin familia ni recursos, cuya dedicación proporcionaba un sustento bajo la protección y ‘cuidado’ de un proxeneta, quien a cambio obtenía pingües beneficios. Las casas de placer proliferaron sobre todo en las grandes urbes, en ciudades portuarias como Sevilla (cabecera del comercio de Indias en aquella fecha) y universitarias, como Salamanca, en las que el número de lupanares se multiplicaban ante la masiva afluencia de clientes.

Generalmente estos establecimientos se situaron en las afueras (como los clubs de hoy), alejados de los centros donde se encontraban las instituciones de poder, apartados de los espacios de representación social, por aquello de mantener las apariencias y salvaguardar la honra de las mujeres decentes que solo copulaban para reproducirse siguiendo los dictados de la Santa Madre Iglesia…No obstante en el caso de Sevilla, dado su carácter portuario, la mancebía se ubicó en el centro, en el llamado Compás de La Laguna, en el barrio del Arenal. Una vez que desembarcaban, muchos miembros de la tripulación se dirigían hasta allí en busca de la libre fornicación que se practicaba en los prostíbulos, donde los hombres daban rienda suelta a sus instintos y deseos. Las ordenanzas municipales regulaban el cuidado y limpieza de estos locales, encargándose también de su seguridad, para lo cual destinaban algunos guardias que velaban por el mantenimiento del orden en el interior y el frecuente maltrato a las mujeres.

El dueño de la mancebía se conocía con el nombre de padre o tapador en el caso de los hombres, o madre, si eran regentados por mujeres. Igualmente, para que no pudiera haber confusión alguna, las meretrices estaban obligadas a vestir con determinados colores por lo que usaban medios mantos de color negro o marrón, acabados en picos de color pardo, de ahí la expresión “ir de picos pardos”, ni más ni menos que “ir de putas”, con perdón…Para ser distinguidos de otros establecimientos, las mancebías estaban pintadas de colores alegres y vivos, (en la actualidad también es así, además de luces de neón que los hacen en inconfundibles), además de adornar la fachada tallando alguna muñeca o figura femenina junto a la puerta de entrada donde también solían colgar ramos de flores, de ahí que a estas trabajadoras se las conozcan como ‘rameras’.

En cuanto a los precios, no eran muy elevados, acordes con el escaso salario de que se disponía entonces. La visita rondaba el medio real. Las pupilas más guapas, atractivas y deseables podían ganar entre 4 o 5 ducados diarios (unos 55 reales). En contrapartida las feas, con defectos físicos o mala apariencia, apenas ingresaban 50 cuartos (de real). De las ganancias una parte se entregaba a los padres (dueños) en concepto de manutención. La Real Hacienda, por su parte, sangraba estos locales con importantes impuestos que llenaban las arcas municipales. !Todo un negocio!

La historiadora Mary Elizabeth Perry, en su libro Ni espada rota ni mujer que trota, realiza un estudio sobre los orígenes de las mancebías sevillanas y su aceptación social, señalando la labor social de las meretrices: “sin su presencia -aludiendo a las prostitutas-, se pensaba que muchos hombres pondrían sus energías en la seducción de mujeres honradas, en el incesto, la homosexualidad o el adulterio. Esta era la doctrina cristiana que se fue elaborando desde el siglo XIII en torno a la sexualidad y a la prostitución, considerada pecaminosa pero necesaria».

Las Ordenanzas dictadas por el cabildo de la ciudad de Sevilla, a mediados del XVI, contemplaban 16 puntos referentes a la regulación de los prostíbulos de dicha localidad, de los cuales copio literalmente uno, el mismo en el que se inspiró nuestro sapientísimo refranero del que recojo el dicho ‘estar callada como una puta…’ o ‘pasar más hambre que una puta en cuaresma…’ Ahora veremos por qué…

Item, ordenamos y mandamos, prohibimos e defendemos que las dichas mugeres de la mancebía no estén ni residan en ella ganando en ninguno de los días de domingos, fiestas y quaresmas y quatro témporas y vigilias del año, antes mandamos que en los tales días las puertas de la dicha mancebía estén cerradas y que el padre no las abra ni consienta abrir para el dicho efecto, so pena a la muger que ganare los tales días en la dicha casa le sean dados cien azotes y al padre que lo consintiere e no lo impidiere y estorbare le sea dada la misma pena.

En fin, dum vivimus, vivamus...

Poder, honor y gloria…

El estudio de los inventarios post mortem ha permitido reconstruir la vida cotidiana de reyes y nobles, y en ellos se ha detectado el gusto por vivir rodeado de todo aquello que pudiera constituir un signo visible de riqueza, aunque también significaba una forma palpable de demostrar el poder y la nobleza de vida al tiempo que un requisito imprescindible y una obligación del señor mostrarse ante sus súbditos con el decoro adecuado a su rango…
Imagen Internet

Hace un par de semanas asistí a un Simposio convocado como actividad conmemorativa del 8 de marzo. La temática del encuentro estuvo articulada en torno al papel que las mujeres de las Casas Reales ejercieron como mecenas y patrocinadoras artísticas, así como la impronta que dejaron a través de las obras adquiridas a lo largo de sus trayectorias vitales. Una parte de importante de dicha adquición se conserva actualmente en el Museo del Prado.

Cronológicamente se centró en los siglos XVI-XVII español, período que llama la atención por la cantidad de féminas que ocuparon el trono y sus correspondientes damas, que también vivieron en la corte. Es necesario recordar que a lo largo de estos dos siglos gobernaron sucesivamente los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a resultas de cuyos matrimonios reinaron once mujeres: una como propietaria, Isabel I de Castilla, y diez consortes: Isabel de Portugal (única esposa de Carlos I); la española Ana de Austria, la francesa Isabel de Valois,  María I de Inglaterra y María Manuela de Portugal, las cuatro esposas de Felipe II. Y en la siguiente centuria Margarita de Austria (única esposa de Feliope III) e IsabeL de Borbón y Mariana de Austria (Regente) que casaron con Felipe IV. Finalmente Mª Luisa de Orleans y Mª Ana de Neoburgo (Alemania) esposas de Carlos II, el último rey de la Casa de Austria. Once mujeres, la mayoría extranjeras, que llegaron a España para reinar, que no vinieron solas sino acompañadas de un gran séquito de damas de compañía, consejeros, diplomáticos y demás servidores.

Aunque la instrucción estaba vetada a las mujeres, podría afirmarse que durante el Renacimiento y el Barroco las reinas, las damas de la corte y las nobles en general, accedieron a una educación adecuada, propia de su género y rango que contemplaba tambien, una formación humanista sólo al alcance del grupo social al que pertenecían. Según los expertos, el aprendizaje se realizaba a partir de la propia experiencia más que por los ‘libros’ o ‘manuales…’ La asistencia a  fiestas y eventos o el acompañamiento a la presidencia de festejos variados, constituyeron una manera práctica de conocer el protocolo, las normas de conducta al tiempo que representanban una oportunidad para aprender diferentes estrategias para saber abordar las diversas situaciones que pudieran requerir de ‘cierta diplomacia’ y de un ‘saber estar’ entre pares. Estamos, por tanto, ante grupos de mujeres cultas que hablan varios idiomas, latín y griego incluidos, grandes lectoras y conocedoras de arte que despliegan sus conocimientos contribuyendo con ello al esplendor y fama de las Cortes europeas.

Convienen los expertos historiadores en señalar como una cualidad intrínseca a la imagen de la Monarquía Hispánica la ‘magnificencia’ o suntuosidad, la pompa, el boato, el fausto, la grandeza o esplendor… Característica reseñable, propia de la idiosincrasia de la realeza de aquel tiempo tal cual se identificaba en el imaginario social de la época, tal y como era concebía la esencia, la naturaleza de quienes conformaban tan noble institución y, por ende, la de sus acólitos, quienes ocupaban la cúspide de la pirámide social y desempeñaban los más altos cargos de la jerarquía.

No obstante, en el marco de la realeza y de las élites, tan necesario como ‘ser’ resultaba ‘parecer’. Es decir, dar muestra manifiesta a través del lujo y la ostentación. De ahí que la apariencia formara parte interesada de la parafernalia que acompañaba las apariciones y el ‘estar’ en público. Es lo viene a ser la representación en toda la extensión de la palabra. De ahí que las apariciones en público se realizaran cuidando hasta los últimos detalles: los vestidos, los colores, los tejidos, las joyas, los peinados, la pose…Nada quedaba al azar, por el contrario, la escenografía estaba minuciosamente pensada para impresionar y trasladar una imagen de poder, honor y gloria aquí en la tierra, la misma que tras la muerte ostentarían en el cielo…Así en la tierra como en el cielo los Reyes y sus cortesanos estaban llamados a vivir y a morir al calor de la ‘magnificencia’. Mientras, el pueblo asistía solícito a cada una de las performace como publico acreditado para desempeñar el rol de espectadores que aplauden y admiran cada representación, conscientes del lugar que les tocó ocupar a ellos y otorgado desde la cuna…

Y es en el contexto de la magnificencia que Reyes y nobles, entre quienes se cuentan un gran número de mujeres, asumieron la tarea de proteger y patrocinar las artes. Tanto ellos, los varones, como las mujeres se encargaron de representar a pintores -entonces poco conocidos- a quienes llevaron a la Corte, concedieron honores y alcanzaron un prestigio que ha llegado hasta nuestros días…

En general la ideología nobiliaria atendía también a un aspecto socialde ahí las actividades benéficas, las fundaciones, las cosntituciones de dotes para mujeres pobres y el patronazgo de obras pías y artisticas que pretendía ayudar a los más desafavorecidos y alimentar el crédito y la reputación de los benefactores o patronos. De mismo modo y con el objetivo de perpetuar la memoria familiar de los linajes la realeza y la alta nobleza fomentó el coleccionismo y el mecenazgo. En este sentido, y, aunque ciertamente el aspecto económico era gestionado por los hombres, no lo es menos que no pocas veces esto no era más que un mero trámite siendo las mujeres quienes decidían el destino de dicha inversión. Ellas elegían las obras y a los artistas que acabarían bajo su protección. Por lo que se puede decir que existía un mecenazgo indirecto cuando los esposos pagaban y un auténtico matronazgo cuando las mujeres compraban o invertían a partir de sus propias fortunas.

A este respecto, tal y como sucede hoy en día, cuanto más alto era el posicionamiento socoeconómico menos dinero efectivo poseían, ya que la mayor parte de los capitales se detentaban en propiedades, joyas, obras de arte, etc… En este sentido, podría decirse que la situación ha cambiado poco pues, según sabemos, el Emérido, don Juan Carlos, negociaba con los coches que le regalaban como medio para obtener dinero líquido y la baronesa Thyssen, según afirmó recientemente se considera millonaria en arte pero no en dinero…

Como en otras ocasiones, el pueblo resume estas cuestiones en dichos llenos de sabiduría, como este: «la nobleza y los blasones, nada valen sin doblones…»